Hospitalidad, con la persona migrante, culmen de la experiencia espiritual

Se ha estado hablando de la fundamentación sociológica, psicológica y ética del abrirnos hacia la hospitalidad. Nos vamos a permitir hacer un somero enfoque desde lo teológico para extraer la fuerza que lo de Dios inyecta en este campo. Vamos a indicar que precisamente la hospitalidad es el culmen de la vivencia espiritual de las diversas culturas religiosas y obviamente de la espiritualidad nacida del dinamismo que implantó Jesús.

Dentro de la ética humana, la hospitalidad se inscribe en la dimensión de la solidaridad que tiene su conexión con la justicia, con la tolerancia y con la dignidad de la persona. Lo importante es detectar el lugar donde se inscriben los aspectos axiológicos dentro de la psicología humana, porque hay un entrelazamiento intenso de esos valores, que provoca fortaleza a la hospitalidad. Esto tiene que ver con el adentramiento a lo más profundo de nuestra existencia.

En el trabajo personal hondo se pueden encontrar, una vez drenadas y limpiadas las experiencias funestas sobre todo de la infancia, un conjunto de energías, de impulsos positivos que me hacen vivir; que me recuperan, que me vuelven a la vida, por decirlo así. Este es el descubrimiento del “yo profundo”. Es el manantial de mi propia vitalidad que - al descubrirlo- me regala principalmente la persuasión profunda e inalienable de quién soy yo en realidad; me descubre mi propia identidad, mi ADN sicológico. Pero todo ello me abre también a la experiencia fundante de comunidad humana, que me deja ver que estoy unido radicalmente a todo ser humano, como también a la naturaleza. Es mi identidad colectiva, como tribu, como raza, como humanidad. Glosando a Terencio: soy persona humana; a ninguna persona la estimo como extraña. (Homo sum, humani nihil a me alienum puto).

Otro regalo del manantial, es la experiencia de Dios, que se me manifiesta en mis entrañas como lo más íntimo de mi intimidad; se me revela como el Agua Viva, fuente de mi manantial. Es un lugar sagrado donde las falsas imágenes de Dios no tienen cabida. En mi más profunda intimidad, está su huella que nos permite detectar y encontrarnos con el Dios que Jesús nos reveló.

Pero otro dinamismo importantísimo, que me manifiesta el descubrimiento de las fuentes de vida que poseo -el manantial-, es la voz de mi conciencia, ese “bastón del corazón”, que me enseña a elegir -desde una gran hondura humana-, lo que me da vida, lo que nos da vida, mientras se capta, así mismo, que hay que rechazar lo que trunca la existencia personal, humana y de la tierra. Conciencia que es la voz del manantial, siempre en crecimiento.
Esa conciencia puede comenzar a expandirse en el ejercicio de escoger la vida personal y de la humanidad; o rechazarla. El modo de hacer florecer la conciencia, con todo, es la formación de esa conciencia en los valores básicos de la humanidad. Allí la conciencia toma más realce y me articula con los espacios esenciales de la existencia.

La primera dimensión de los valores es la dignidad de la persona, vinculada a la dignidad y el respeto a la tierra que es la base del comportamiento ético. En este primer valor, se da la captación de la autonomía a la que se tiene derecho porque el gran emblema de este valor de la dignidad es la libertad. Libertad que en el caso de quien es migrante, es libertad de locomoción y desplazamiento.

Por otra parte, la conciencia se ensancha cuando aprende a vivir el valor de la tolerancia, donde se descubre que lo diferente, lo que no pertenece a mi cultura ni a mi religión no es amenaza sino riqueza. Esto abre a la superación de todo lo que margina, de todos los ismos: machismos, sexismos, racismos, proselitismos de todo tipo. El pendón de este valor es el respeto al derecho ajeno. Esta tolerancia en el caso de quien migra, nos previene de todo género de hostilidad con quien atraviesa nuestras localidades, nuestros países, nuestros espacios, en búsqueda de un futuro denegado obviamente en los lugares de origen.

La justicia sobre todo distributiva, es el valor con más contenido sociológico. Es perseguir el ideal de dar a cada quien lo que necesita. La bandera de esta justicia es el valor de la honestidad personal. Respecto al migrante, la justicia es responder al derecho que toda persona posee a buscar su desplazamiento en donde pueda encontrar la posibilidad de satisfacer las necesidades básicas, las propias y las de la familia. Esta justicia para el migrante, debe traducirse en leyes y normas que protejan a quien, por lo que sea, lucha por sobrevivir para encontrar lo que no ha encontrado en su tierra de origen. Realizar la justicia dice muy bien Etxeberria es cubrir las necesidades básicas de las personas. “La justicia apunta a generar instituciones que eviten las desigualdades potenciando la igualación en las capacidades” . Todo esto exige generar una cultura de austeridad, de sobriedad. Nuestros deseos de posesión solo son legítimos cuando su satisfacción “no impide la satisfacción de las necesidades básicas de otros seres humanos” . Esto supone educarnos en la austeridad tomada esta como virtud y no solo como condición de justicia.

Por último, como cuarto valor tenemos la solidaridad, que es sentirse “un solo cuerpo” con los seres humanos, que se traduce en hacer propia las causas y las cargas de las demás personas. Es una categoría eminentemente humana. La solidaridad brota frente a las personas en desventaja y que sufren por ello. Pero la condición de víctima es algo más que la condición del sufriente. Es alguien que ha experimentado dinamismos de exclusión, de abuso, de opresión, en diversos aspectos. Víctima es quien ha experimentado la negación de lo más básico para subsistir como persona. Esto ha herido su integridad. La víctima, como ha formulado Levinas, es ese rostro expuesto y agredido con quien nos encontramos por todos los lugares sórdidos y periferias. Víctima es el migrante –más de 200 millones de personas- que se desplazan por necesidad, por los territorios del mundo. La ética comienza cuando vemos en ese rostro expuesto y amenazado “esa extraña autoridad desarmada¨ que nos afecta “como si de un traumatismo se tratara”, como señala Levinas. Este rostro nos puede sacudir de nuestras seguridades; nos despierta desde nuestras comodidades y seguridades personales, de nuestra “clase social” y de los prejuicios y hostilidades que todo esto acarrea.

Estos son los cuatro valores eje de un comportamiento ético. Lo difícil de la formación en valores es que lo más dirimente de un valor, es que se esté en la disposición de arriesgar cosas importantes en la vida o renunciar a justos derechos por lo que denomino valor. Esto es básico para la cultura de hospitalidad. No se puede exigir a todo mundo esta vivencia, con todo. Lo que sí es esperable de miembros de una sociedad, es la exigencia y el compromiso de vivir las normas de convivencia básicas que brotan de esos valores. Normas que si no se cumplen se sancionan.

Ahora bien, los valores se entrelazan con esos regalos del manantial; la identidad propia y la conciencia, pero se comunican y se comienzan a vivir idealmente en el seno de la familia. Los valores se aprenden por los ejemplos. Puede haber experiencias primordiales de comportamiento y actitudes, en el seno de la familia, que se graban en la sensibilidad y la mente desde muy temprana edad. Muchas veces puede ser también la experiencia con maestras o maestros donde se cincelan los valores gracias a lo modélico de quienes son mentores. También el enamoramiento puede ser una escuela donde el respeto a la otra persona, la entrega, la fidelidad, crean actitudes cargadas de valores.

Pero ya en la edad adulta es la experiencia de los contra valores, acompañada y monitoreada por personas formadoras, la cuna de la captación y adhesión a los valores. No puedo captar la dignidad de la persona a menos que haya experimentado la indignidad en que se somete a muchísima gente, por ejemplo con las atribulaciones de la migración. No se puede entender el valor de la tolerancia a menos que haya vivido en carne propia o muy cerca, la falta de respeto con la que se trata a los que son de “otro color”, de otra cultura o de otras creencias religiosas… No puedo captar el valor de la justicia si nunca he experimentado injusticias… La solidaridad sí se puede captar en positivo: trae una satisfacción muy profunda comportarse como una persona solidaria…

Para el tema que nos ocupa de la persona migrante y sus derechos, y para personas en que el modo de Jesús es un valor, es decir, por lo que estamos dispuestos a renunciar a derechos justos por su causa, la atención a la persona necesitada se puede convertir en lo toral de nuestra vida; escuchar su miseria que pide justicia no consiste en representarse una imagen vaga; “sino ponerse como responsable, a la vez como más y como menos, que el ser que se presenta en el rostro”. Ese otro que me domina en su trascendencia es sobre todo “el extranjero, la viuda y el huérfano con los cuales estoy obligado.“ Pasando a una perspectiva teológica, este tipo de hospitalidad supone el nivel de la fe y de la gracia. Ahora bien en el ámbito de la fe, como seres humanos no podemos lograr nada. Sin mí, nada pueden hacer, decía Jesús (Jn 15:5)… Yo lo único que puedo ofrecer, entonces, como materia prima para que Dios actúe en mí, es mi comportamiento puramente ético. Es decir, el respeto a la dignidad de la persona humana y al entorno de la tierra: lo único que puedo aportar es un comportamiento donde el respeto a los demás sea para mí una cosa básica; donde mi honestidad fundamental me lleve a preocuparme por hacer la justicia frente al que está en desventaja y ejercer la solidaridad con los seres humanos… Esto es lo que yo puedo poner de mi propia cosecha. En la exigencia cristiana, con todo, siempre hay un plus que ya no depende de nosotras, de nosotros.

En la dimensión cristiana, podemos aspirar al valor de la solidaridad, entendida esta como la convicción de que el prójimo, el otro -cercano y lejano- tiene un rostro común conmigo. Su sufrimiento debiera ser mi preocupación fundamental. Más aún, para quienes creemos en Jesús y en su proyecto, es en la atención a la persona menesterosa, necesitada, carente, víctima, donde nos podemos encontrar vivamente con Él.

El texto del Juicio de las Naciones en el evangelio de Mateo (25: 31 ss.) es quizás el más significativo y más desafiante de todos. Más aún, es el único veredicto frente a nuestro modo de ser, frente a nuestros comportamientos. Es lo único donde se establece la sentencia definitiva sobre nuestro proceder esencial. Estuve prisionero, tuve hambre, estaba desnudo, era el migrante… ¿Y tú qué hiciste conmigo? Curiosamente, quienes no sabían de Jesús son los que mejor respondieron al examen. Muchas personas quienes no han explicitado su fe, son sus obras de solidaridad las que muestran el proceder fundamental que es cristiano aunque no se sepa. Esa es la experiencia de corte joánico muy clara: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos” (1 Jn 3:14). La fe se muestra en las obras, pero las obras de justicia y solidaridad nos abren a la fe concreta, no etérea, aunque sin ser nombrada.

Muchas veces la sensación que pudiéramos imaginar en Jesús cada vez que no lo atendemos en las personas en necesidad, es la frase del evangelio de Juan: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 9 ss). Jesús por otra parte, anima a los migrantes a pedir ser recibidos, cuando dice: “El que los recibe a ustedes a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe Aquel que me ha enviado” (Mt 10,40). Es que el migrante que pasa y pide techo, recuerda al pueblo de Israel su condición de extranjero esclavizado (Act. 7,6), que vivió una vez en medio del desierto.

Aquí es donde entra la dimensión teologal de la solidaridad; del apoyo a quien lo necesita; del desvivirse por la persona migrante no solo como si fuese yo; no solo como si fuese un prójimo; sino acogerlo como acogería a Jesús. De allí que la experiencia de hospitalidad supondrá en mí, el ejercicio de los valores humanos básicos, como mi aporte, pero también la gracia de haberme topado -porque así Dios me lo regala-, con el hecho de percatarme, de percibir que en la persona migrante descubrí a Jesús que está llamando a mi puerta, como dice el Apocalipsis y que está tocando y quiere entrar y me invita a cenar con Él y Él conmigo (Ap 3.20).

Esta experiencia de justicia, de solidaridad humana; este accionar que puede ser un accionar político si se quiere, -político en el sentido de generar un modo diferente de actuación pública-, y política, como la habilidad de resolver problemas sociales: puede, entonces, por gracia, convertirse en una experiencia mística. Como dice Izuzquiza, “La praxis cristiana de la hospitalidad supera los límites estrechos de la legislación vigente. Una vez más, la mística (ver al otro como hijo de Dios y hermano mío), conduce a la política”.

El mismo autor señala cómo la práctica de la hospitalidad muestra que, entre lo personal y lo estructural, se encuentra lo relacional. De ese modo, logramos superar lo estéril y paralizante polaridad personal-estructural, como si solo hubiese dos posibilidades; o refugiarse en el terreno intimista de lo micro, o pretender prometeicamente cambiar todo el mundo con un golpe de mano. “El encuentro auténtico con el otro en las relaciones cotidianas permite redescubrir el potencial transformador de lo meso, de lo intermedio, de las relaciones” . Esto abre muchas posibilidades y desbloquea de exigencias culpabilizadoras por querer dar más de lo que realmente se puede…

La justicia y la solidaridad como expresiones políticas pueden llegar a ser una experiencia claramente contemplativa. Veo y atiendo a Jesús en quien sufre, a quien recibo como migrante. Pero eso ya es gracia. Muchas veces, sin embargo, -en parte por desconocer toda esa relación-, no se capta, ni la presencia de Jesús en el que está al borde del camino, ni que haber encontrado allí a Jesús, ¡es pura gracia! Esto hay que desearlo, hay que pedirlo y luego mostrar agradecimiento cuando se nos ha entregado.

Sin embargo, para obtener esta gracia de encontrar a Jesús y atenderlo, es preciso haber roto con las falsas imágenes que tengo de Dios -mucho de las cuales son producción de mi parte herida y golpeada-, como también de las tendencias espirituales o religiosas a las que me he visto ligado, que no me permite descubrir que el aprendizaje vital y corpóreo más importante, sobre lo de Dios, no está en todo lo que el mundo de las religiones ordinariamente ha enseñado. Damos por supuesto que lo que Dios quiere y me pide, son oraciones, prácticas, devociones, sacrificios, que nacen de una imagen de Dios que no fue lo que Jesús nos regala. Eso no es lo que Jesús me invita a realizar.

Más aún, hay toda una concepción sobre un Jesús que parece que lo encuentro más en la adoración eucarística, en el culto a imágenes, en procesiones, que en las personas concretas, menesterosas, migrantes… Las devociones me dan contentamiento sicológico, pero no me cuestionan; no me sacan de la cómoda área de bienestar. Las prácticas religiosas se pueden volver actividades que si las cumplo me hacen sentir que estoy bien con lo que “Dios quiere”; quizás como el fariseo, le doy gracias a Dios de no ser como los demás… (Lc 18: 11). Pero si no cumplo todas esas devociones, me inundo de culpabilizaciones a veces morbosas… Todas estas prácticas están encubriendo las zonas donde realmente Él se me revela, me llama y me invita a realizar obras en beneficio de las personas más necesitadas, de todas las personas crucificadas por la injusticia y la insolidaridad. Por eso Ignacio de Loyola en los Ejercicios, justo cuando se examina el camino de pecado que he llevado, me invita, a ver a Cristo en cruz y preguntarme qué he hecho por Cristo, qué hago, qué debo hacer por Cristo. (EE. 53). Para Ignacio, es Jesús quien sufre en la actualidad en los crucificados de la historia. Nos propone, de hecho, “considerar lo que Cristo Nuestro Señor, padece en la humanidad” (EE. 195).

De allí, que se haya formulado la tarea cristiana como “desclavar a los crucificados de la historia”. Es esta contemplación con el Cristo sufriente hoy, en el migrante –que es quien nos ocupa- la que nos lleva a poder medirnos en “resultados”. Aquí las preguntas planteadas en el documento “Fui extranjero y me acogiste” sobre las conversiones que ha implicado el atender en nuestra casa al migrante, son muy significativas:

*“Cuánto ha cambiado nuestro estilo de vida, tanto personal, como institucional para dar cabida a eso otro dejando que nos transforme y nos renueve a través de su diversidad para propiciar otro tipo de convivencia”.
*“Cuánto me muevo de mi situación de comodidad para ir a los márgenes y vivir e encuentro de las personas distintas, sobre todo las que viven la movilidad en cualquiera de sus expresiones?”
*“Qué aporto para construir una sociedad y pueblos justos, hospitalarios, incluyentes que respeten la dignidad y los derechos humanos?”

Jesús, entonces, me invita a soñar en otro mundo posible; me invita a aspirar un mundo donde lo que rija sea la solidaridad, la bondad, la misericordia. Eso fue y es el proyecto que él llamó con una palabra- símbolo: Reinado de Dios, es decir, un espacio histórico donde “otro mundo es posible”.

El Evangelio está lleno de ejemplos de qué es lo que Jesús nos pide. Todo gira en torno al modo como Él se comportó. Un Jesús que nos invitó a limpiar el rostro de Dios tal y como podía vivirse en el Antiguo Testamento. Nos da la fotografía de ese Dios, en la parábola del Hijo Pródigo. De un Dios de la alegre misericordia, del amor incondicional, del amor gratuito, del que tiene un proyecto para la humanidad de que otro modo de vivir, de que otro mundo es posible a pesar de todo… un Dios que es el Abba´ de todas y todos, que fomenta la libertad, que solamente nos exige reconocernos pecadores y que siempre estamos conscientes de que estamos con las manos desnudas frente a Él. Que nos quiere libres. Eso sí, que nos enseña que el grano de trigo si no muere no da fruto. Un Dios que rechaza al poder, que se hace carne, que se hace clase social y se muestra como ternura. Un Dios de la esperanza.

Un Dios que eso sí, nos desafía en la atención que debemos ejercer con quienes pasan necesidad. En nuestro caso, de un Dios, -de Jesús mismo-, que toca nuestras puertas como migrante.

Todo esto como dice el documento “Fui extranjero y me acogiste” se convierte en experiencia de encuentro con Jesús a quien le invitamos a quedarse en nuestra casa, en nuestro hogar, porque ya cae la tarde (Lc 24, 28-12), tarde, donde nos examinarán sobre el amor (Juan de la Cruz).

El título de este escrito es que la hospitalidad con el migrante es el culmen de la experiencia cristiana, porque nos hace romper con todos nuestros fetiches, nos hace romper con todas nuestras prácticas y devociones y nos abre al reto de acoger al migrante no en los sitios destinados a ellos en muchas obras de solidaridad; que están muy bien, ¡por supuesto! sino que además, debo estar dispuesto a acogerlo en mi casa, en mi sitio seguro, en donde yo vivo. Esto es un salto mortal de lo simplemente ético. Me invita a no desconfiar de su presencia, a no tener rechazo ante su proceder, sus modales, sus vestidos, su cultura, sus penurias. Es allí donde lo encuentro y lo acojo. Eso es más radical que la simple justicia redistributiva, eso es más radical que atenderlo en las cunetas de la historia como el Buen Samaritano. El samaritano lo llevó a una posada, no a su casa… Jesús me pide hospedarse en mi casa, como se lo pidió a Zaqueo (Lc 19: 1-10). Pero viene vestido de migrante, viene sucio, viene con miedo, viene sintiendo hostilidades, viene con hambre y con una gran inseguridad. Viene con el corazón partido por haber dejado su familia, su casa, su país. Y yo, tengo que abrirle.

Esto es el paso más fuerte a lo que se nos está invitando. Encontrar a Jesús así frente a frente desde la persona necesitada que emigra sin recursos, subyuga, te deja sin palabras. Como señala Levinas casi nos volvemos rehenes de ese otro, de alguna manera, y -como también él lo indica-, me brota, entonces un “heme aquí” para responder. También exclama este autor “soy responsable de aquel mismo que, sin necesidad de abrir la boca, me ordena, no para dominarme, sino para despertarme. Allí, frente a este que reconozco no solo como una persona humana, sino como al mismo Jesús, estoy yo con mi libertad que es en este sentido “la posibilidad de hacer lo que nadie puede hacer en mi lugar”… de allí que para Levinas, “nunca está uno libre con respecto al otro”. Esto para el plano meramente humano, mejor dicho “plenamente humano”. Con toda la nobleza que esto ya significa.

Ya en el ámbito espiritual cristiano, todavía esto se vuelve más radical. Pero hay que tener muy claro que a mí solo se me pide aportar mi solidaridad. Ya la experiencia de ver en ese migrante, en ese necesitado, al mismo Jesús es quizás la gracia más impactante de la vida. Allí quedo subyugado frente a la presencia de Jesús que está crucificado y me pide que lo ayude; que le abra las puertas de mi casa y de mis posibilidades.

Todo este comportamiento supone, por tanto, muchas cosas. Vivir desde los valores humanos, apreciar la dignidad de la persona como algo inalienable, sobre todo de la persona que es víctima de esta sociedad. Vivir la tolerancia en el grado más alto; que no me asuste, que no me comporte hostilmente sino que abra mi corazón, abra mi casa, aunque me experimente hasta inseguro, en ese sentido.

Vivir la justicia, es lo que se desprende de la solidaridad y de haberme encontrado con el Jesús sufriente. Esto me lanza a luchar por los derechos de las personas… Las necesidades objetivas de las personas deberían ser convertidas en derechos. Pero, por lo tanto, no en una concepción reducida de estos, sino defendiendo una concepción amplia e indivisible de ellos. Así defenderemos igualmente un planteamiento de la justicia y de los derechos económicos, sociales y culturales de todas las personas. Hay que recordar que todo ello incluye también la libertad de la movilidad geográfica. Poco a poco habrá que elevar el derecho al desarrollo -que ya tiene una Declaración expresa (1986), como algo integral, y por tanto, como inalienable, implicando su realización que nos afecta a todos, especialmente a los Estados y desbordando las fronteras.

Es esta solidaridad con quien migra, esta solidaridad con quien está en desventaja, lo que tiene finalmente como fruto preciado, la Paz. De esta suerte, la causa de la paz se convierte en fruto de la praxis cristiana de la solidaridad, la cual, a su vez es el rostro actual de la caridad. (Solicitudo Res Socialis).

El reto es, por tanto, contribuir desde la Eutopía -el lugar bueno para vivir- a la construcción de una ciudadanía inclusiva, hospitalaria y tolerante hacia las personas extranjeras y las diversidades culturales de América Latina. La hospitalidad así considerada, levanta la dignidad humana, robustece la verdadera hospitalidad cristiana.

El reto también, entonces, es vivir esa espiritualidad de Jesús y contagiarla. Ese modo suyo venció al mundo no con las armas ni con el poder, sino con la bondad, con la misericordia y la búsqueda de la salud en todos los niveles sobre todo de las personas más desposeídas. Para la espiritualidad ignaciana, la fe no puede estar al margen de la justicia: “La misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta” (CG 32, d. 4, n.2). Por otra parte, como lo señala el documento “La promoción de la Justicia en las Universidades de la Compañía de Jesús”, “mirar la realidad desde abajo, desde los pobres, desde sus sufrimientos, luchas y esperanzas es un modo preferible de acceso a la verdad” (2014, pg. 13). Jesús pasó haciendo el bien, sanando las personas y liberándolas de las fuerzas del mal. Este es el ejemplo. Siguiendo a Jesús tenemos confianza, Él nos ha dicho: “No teman yo he vencido al mundo” (Jn 16: 25). Y también nos dan fuerzas las otras palabras suyas: “Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago; y las hará aún mayores” (Jn. 14: 12).

Carlos Rafael Cabarrús S.J.
Universidad Rafael Landívar
Guatemala, octubre 2014

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