SEXTO DOMINGO: ¿En dónde y en quién ponemos la felicidad?
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SEXTO DOMINGO: ¿En dónde y en quién ponemos la felicidad?

11 Febrero 2019, 1:08 pm Written by 

Jr 17, 5-8/ 1Cor 15,12.16-20/ Lc 6,17. 20-26

Tema/mensaje del domingo (1ª Lectura y Evangelio): Nuestro deseo de ser felices, ¿dónde y cómo se realiza?

Lograr o malograr la vida (1ª Lectura). Una vida “mal-decida = maldita” es una vida que no se logra llenar, se queda vacía; una vida “bien-decida=bendita” es una vida que logra plenitud y sentido. Este es el tema de la 1ª Lectura. Jeremías nos dice cuál es la vida lograda y cuál se queda en vida malograda. Tomando una imagen de la naturaleza, el profeta pone la diferencia entre hombres mal-decidos y ben-decidos en el punto de apoyo y confianza que cada quien elige para construir su propia existencia (¿en quién confiamos?) Una invitación a preguntarnos por el cimiento de la vida, aquello que da consistencia a toda nuestra construcción personal. Los hay que buscan ese cimiento en la gente, y construyen así sobre debilidades como las de ellos mismos, construyen en la debilidad de su carne, “apartando su corazón del Señor” ¿Por qué lo hacen?, porque tienen miedo a que Dios destruya lo humano (su alegría, sus ilusiones, sus ideas…) y no les deje alcanzar sus metas y proyectos. Piensan mal de Dios. Lo consideran enemigo y lo intentan echar del entorno de su vida. Pero hay quienes piensan bien de Dios y de Él “bien-dicen” (bendicen a Dios y son bendecidos). No sólo no tienen miedo a que Dios les arrebate lo suyo; saben que poniendo el cimiento en el misterio de Dios, todo lo bueno que tienen echa las mejores raíces. Por eso, en Dios ponen su confianza y su apoyo para vivir cada día. La imagen es muy hermosa: el árbol sin agua se seca; el árbol con agua echa raíces, ramas y frutos. El hombre sin Dios se seca; el hombre con Dios, está siempre frondoso.

Las “bendiciones” (bienaventuranzas) de Jesús nos desconciertan (Evangelio). De “maldiciones” y “bendiciones” va también el Evangelio de hoy. Lucas reduce el número de bienaventuranzas (4) y añade cuatro maldiciones que pueden parecer extrañas en labios de Jesús. Los bendecidos (felices) según Jesús, ¿no son esos a los que nosotros llamamos desgraciados y “ma-ldecidos”? Jesús nos pone en un verdadero aprieto. Nos quedamos como desconcertados. Pero, él mismo nos da la clave: a los pobres pertenece el Reino de los cielos; los hambrientos serán saciados; los que ahora lloran, reirán; para los excluidos y odiados a causa de Jesús, el premio en el cielo será abundante. Hay un futuro que “cambia las suertes”. Es el futuro de Dios en el que entra esta vida, pero entra también el más allá de la muerte (el cielo). La vida futura y eterna forma parte del arco de nuestra vida humana, para nada es como un piadoso añadido. Es un futuro de Dios que tiene sabor a reivindicación y gloria, la gloria y la bendición de todos aquellos que fueron maldecidos por los hombres a lo largo de la historia. Y por eso están también los otros: los hombres que maltrataron y maldijeron y que, al final, serán ellos los “mal-decidos”: los ricos, los satisfechos, los que se la pasan riendo, los que son por todos alabados y venerados. Esos que incluso nosotros mismos tenemos la tentación de llamarlos “bendecidos”. Esos pasarán hambre, llorarán y tendrán una eternidad de duelo. Desde un proyecto de vida que cuenta con el futuro, no basta con relucir por fuera, ni engañarse con las simples apariencias. El que cree tenerlo todo, pierde el sentido de espera. Y, creyéndose ya realizado, se expone a perder la plenitud para siempre. Un fuerte llamado a poner en Dios la confiada esperanza. No para quedar pasivos. Como a creyentes, nos toca adelantar el futuro de Dios ya a nuestra historia.

Una bendición que cuenta con el futuro (2ª Lectura). La bendición de Dios (las bienaventuranzas) supone que miramos nuestra vida con un alcance largo. El corto alcance es muchas veces nuestra gran tentación: ¿es que todo queda perdido y anulado con la muerte? ¿Es que el límite del hombre está en su propia historia personal? ¿Es que la mirada al horizonte de la vida se termina con su ocaso, con la muerte? La mejor bendición que podemos hacer de Dios es el anuncio de Cristo resucitado, que rompe los límites y fronteras de la vida y de la muerte y nos abre a la vida de Dios para siempre. El “largo alcance de la vida” tiene la respuesta en Jesús. Y no sólo respuesta para él, también para nosotros: “si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno que los muer-tos no resucitan? Entre Cristo y el cristiano hay comunión de sentido y de vida. Una comunión tan fuerte que “si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado”. Y sin resurrección no hay sentido para la vida presente. No es sólo que nuestra construcción quedaría incompleta, es que le fallarían los mismos cimientos: “si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los hombres más dignos de compasión (v.19). La propia vida, que se resiste a desaparecer, nos remite al más allá. Ahí está el núcleo mismo de la fe: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, y resucitó como el primer fruto ofrecido a Dios (las primicias), el primero de los que han muerto” (v.20). Cristo como primicias; nosotros como cosecha. Para Él y para todos nosotros la misma plenitud de vida.


ECOS DE LA PALABRA PARA LA SEMANA

Lunes. La bendición y la maldición no son dos realidades mágicas. No “compramos” bendiciones o maldiciones como se compran los tomates en el mercado. La bendición y la maldición son como el “resultado” de la propia vida, ¿llevamos una vida de la que Dios pueda bien-decir (hablar bien de ella)? Entonces somos “bendecidos”; ¿llevamos una vida de la que Dios tenga que mal-decir? (hablar mal de ella)?. Entonces somos “mal-decidos”. Nos quedamos con esto: para saber cómo es la relación de Dios con nosotros y de nosotros con Dios, tenemos que mirar a nuestra vida de cada día. Nos preguntamos: Dios, ¿puede hablar bien de nuestra vida? ¿De qué cosas hablaría bien y de qué cosas tendrá que hablar mal? Por ahí debemos buscar el ser “bien-decidos” (bendecidos)

Martes. Miramos nuestra vida: si confiamos en el Señor y buscamos en Él nuestro apoyo, eso se tiene que notar en la alegría, la paz interior, el deseo de hacer el bien, ¿es ese nuestro estilo?, ¿somos alegres, serenos, deseosos de hacer el bien? ¿Vamos por la vida con cara de Buena Noticia o más bien vamos con cara de permanente funeral?

Miércoles. Bienaventurados y felices al estilo de Jesús que es el de las bienaventuranzas, ¿qué supone para nuestras vidas tener en las bienaventuranzas el camino señalado por Jesús? ¿A quiénes llama la gente felices y dichosos y a quiénes llama Jesús así? ¿Coinciden siempre los criterios de Jesús y los criterios de la gente?

Jueves. Sin vida eterna no podemos hablar de bendición ni de estar bendecidos, ¿cómo está de segura nuestra fe en el más allá de la muerte? ¿Qué confesamos en el credo cuando decimos: “creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”?

Viernes. “Si hemos puesto nuestra confianza en Cristo sólo para esta vida, somos los hombres más dignos de compasión” (v.19). Un mensaje fuerte, pero hermoso, ¿qué nos quiere decir San Pablo? ¿Tiene algo que ver con las bienaventuranzas de Jesús?

Sábado. Leemos despacio el cántico de la Virgen, llamado Magníficat. Lo encontramos en Lucas, 1, 46-55, intentando descubrir cómo la Virgen descubre ahí la manera de actuar de Dios que se refleja en las Bienaventuranzas. Vamos buscan-do ahí cómo Dios “cambia las suertes”. Y afianzamos nuestra confianza y nuestro deseo de “ayudar a Dios” a que se produzca el cambio.

 

P. Pedro Jaramillo Rivas, Pastoral Universitaria Landivariana -PUL-

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