Ignacianerías Edición No.3

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Edición No. 3

Esta tercera entrega de nuestro Blog Ignacianerías tiene como tema central la corrupción. La modalidad como quiere constituirse nuestro Blog, establece que a un tema de carácter social o político, se le contrasta con algo de la espiritualidad, del mensaje de Jesús primariamente, y en lo posible, con rasgos de la espiritualidad ignaciana.

En la entrega anterior, nuestra contribución ha estado en la lectura desde lo cristiano, con los énfasis de la espiritualidad ignaciana, de una temática más bien sociológica, como son las migraciones. En esta ocasión, este Blog, a diferencia del anterior, pretende enfrentar desde la Escritura, la difícil temática de la corrupción, resaltando en primer lugar, los aspectos sociales, económicos, que han ido construyendo ese escenario fatídico. La corrupción crece como avalancha que lo inunda todo y que invade los rincones de las vidas personales, como también los entresijos de los estados y continentes. La corrupción es ya una peste global y globalizadora. Los ingredientes básicos de esa corrupción, -como lo presentaremos en el artículo- son ciertamente la codicia y la avaricia.

En los momentos históricos que atravesamos en nuestros países, pero también a nivel global, la impresionante concentración de la riqueza en unos pocos, la individualización al extremo que nos separa en vez de unirnos; la exacerbación del consumo como fuente de felicidad, prefiguran sociedad globales con normatividades y prácticas que tienden a mercantilizar todo, a perseguir la acumulación de bienes, resultantes en tanta exclusividad social, y en destrucción de la Tierra, que tienen su expresión en pobreza, marginación, violencia, desesperanza y adoración al dios del dinero, como dice Francisco nuestro Papa. Todos estos son ingredientes promotores del fenómeno de la corrupción1.

Todo ello forja, como el Papa mismo ha dicho, la globalización de la indiferencia ingrediente sicológico de la corrupción, por el individualismo que genera. Una corrupción que como Francisco ha indicado, es proselitista por esencia; crea constantemente adeptos incondicionales. Y lo peor de todo es que a diferencia del pecado donde puede haber arrepentimiento y perdón, la corrupción no da lugar a ello, porque el corrupto no tiene deseo de cambiar, ni se arrepiente.

La acumulación en manos de unos pocos y en pocos países, está enmarcada en una lógica de muerte, más que de vida. Todo ello está íntimamente ligado, como se señalaba, a la avaricia y a la codicia. El documento que presentamos nos habla de la sed de codicia y acumulación que destruye la sociedad. Hoy, podríamos hablar de la lógica global de esta codicia y lucha por la acumulación, de los poderosos, que está inmersa en la corrupción galopante.

Parece claro entonces que el pecado mayor no es la injusticia… contra todo lo que siempre se dice y se cree. El pecado por antonomasia, es la avaricia y la codicia. Si ponemos atención, nadie se propone ser injusto en directo. Lo que se vuelve una meta y aspiración personal y colectiva, suele ser el deseo desmesurado por poseer y poseer siempre más. Esto es la avaricia. La codicia, por el contrario, es desear lo que tiene el otro. De allí que el caldo de cultivo de la codicia en nuestro mundo es la desmesurada ostentación que se hace de los bienes superfluos de los más pudientes, fomentada por la publicidad y el mercadeo tentador a personas de todas las capas sociales, en especial a los más necesitados.

Ya Ignacio de Loyola en su célebre meditación de “Dos Banderas”, destacaba que los caminos hacia el mal, por donde se deslizan las personas y sociedades, tiene tres escalones.

“El primer escalón es tentar a codicia de riqueza, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia, de manera que el primer escalón sea de riqueza, el segundo de honor y el tercero de soberbia, y de estos tres escalones induce a todos los otros vicios” (EE. 142).

Ignacio captaba el poder de atracción que tiene el mal disfrazado de riqueza, porque la riqueza trae muchas ventajas de toda índole… La riqueza brinda comodidades, prestaciones, lujos y automáticamente, “renombre”, fama, por sentirse más que las demás personas, convirtiéndose así, por la soberbia, en diosecillos prepotentes adorando al gran “Dios del dinero” que llama a confiar estúpidamente en él… In god we trust, -en minúscula- grabado en el dinero estadounidenses.

El excelente artículo de nuestra gran amiga Dolores Alexandre, teóloga de mucho nombre por su agudeza, conocimiento de la Escritura y sobre todo por su gran humanidad llena de simpatía, sencillez y alegre sabiduría, nos presenta las lecciones que nos da tanto el Antiguo Testamento como el Evangelio, sobre el problema del dinero y del riesgo de la codicia que se manifiesta en la acumulación. Como nos lo comenta, glosando al texto de Lucas (12, 16-22), lo peor de quien quiere acumular no es su comportamiento moral, sino su estupidez. Nos señala Dolores que atesorar para sí mismo aparece como la conducta más necia que un ser humano pueda tener: “Necio, esta noche te reclamarán la vida” (ibd). La muerte puede poner fin a toda la acumulación de riqueza de una persona.

La indicación evangélica básica, es no “poseer con avidez”, sino entregar, compartir, en lugar de acumular. Como enfatiza la autora, “la riqueza es puerta de entrada en esa dinámica de apropiación del tener-placer-poder en la que el NT ve la raíz de todo pecado. Dolores nos hace repasar el modo como el AT enfocaba la propiedad, por ejemplo, desde su función social. Pone de relieve, en contraposición, la tentación de idolatría que ejerce el dinero, sobre todo en el episodio del becerro de oro.

Lo que se comparte, en cambio, señala la autora, posee un misterioso poder multiplicador, y para ello, nos habla del Maná, ese alimento que regalaba Dios al pueblo que buscaba el lugar prometido para asentarse. El maná, al medirlo no sobraba al que había recogido más, ni faltaba al que había recogido menos: había recogido cada uno lo que podía comer (Ex 16, 2 ss). Es decir fue una realidad que educaba en contra del atesoramiento individual. De allí el nombre del artículo de Dolores: “A la escuela del Maná”.

Dolores nos pone de relieve que lo que se nos habla en la Biblia revela nuestra condición de hambrientos, con el instinto nato de apropiación… Con el miedo, además, de no tener el día de mañana lo necesario y por eso se suscita la tentación de acumular. Por el contrario la autora nos manifiesta la sabiduría bíblica de aprender a contentarse con lo necesario, porque todo lo que se acapara, indica, se pudre, según la mentalidad bíblica.

Dolores revela cómo se establecía la relación de Dios con el sustento. El don de Dios –el Maná- destinado a ser compartido y a provocar relaciones de fraternidad y de agradecimiento, se corrompe cuando se convierte en objeto de codicia, acumulación, opresión y violencia, que es lo que a la corta o a la larga, fomenta la corrupción.

Lo más interesante del artículo de Dolores a mi entender, es que nos ayuda a descubrir que en los Evangelios no nos llaman a desentendernos de los bienes, sino a entablar una relación correcta con ellos. Esto parece ya algo sorprendente e inusitado. Como ella subraya, “la casa del mundo queda confiada a nuestro talento, habilidad, competencia, trabajo”.

Jesús, en la multiplicación de los panes, frente a una enorme multitud hambrienta, no acepta la solución de despedir a la gente –como sugirieron los apóstoles- o que se comprara pan –como también lo plantearon- sino que Jesús propone el compartir entre todos como manera alternativa de enfrentar las carencias. Allí nos da ya la clave.

Dolores, sin embargo, nos señala algo que no es común en los tratados de la Escritura sobre las posesiones y el dinero, ni tampoco en la ética normal de la Iglesia. Nos pone sobre la mesa más bien, la solución de Jesús totalmente inesperada y escandalosa: “!Háganse amigos con el dinero injusto”! (Lc,16.9) Suena chocante, suena hasta inmoral. El dinero en el AT en el fondo, es una herramienta nos dice la autora; el dinero es para el servicio del bien común. Eso es suficientemente aceptable. Pero Dolores lanza aún un reto, poco atendido –que brotó del mismo Jesús- de hacerse amigos con el dinero injusto…. Aparentemente esto no se entiende con facilidad; es simplemente contradictorio con lo que se piensa y escandaloso. Sería emparentado con la corrupción…

La clave acá, como ella lo señala, es que las personas crecen y se enriquecen, en la entrega y en la desapropiación que resultan ser generadoras de amistad entre las personas, lo cual es muy interesante y sugerente. En este respecto, lo que se descubre sobretodo, según mi entender, es el papel y la fuerza que la amistad tiene para ir cambiando los corazones librándolos del egoísmo. la amistad, entonces, provoca un impulso transformador único, que puede tocar el corazón de las personas ricas, poderosas, hacia el dinamismo de compartir las cosas y sobre todo la vida, con las personas mas desfavorecidas. Esto sería lo que señaló Jesús de “hacerse amigos con el dinero injusto”, ya que la amistad con la gente sencilla puede provocar que compartir sea lo más congruente.

Pero esto nos orienta a que se rompan los muros y las prevenciones de relacionarse con personas de otros niveles económicos. De allí que el papel de nuestras instituciones eclesiales y educativas, tengan la responsabilidad con feligreses, alumnos y colaboradores de propiciar espacios de inserción seria y conocimiento bien ponderado, de las situaciones adversas – y sus causas- por donde pasan las personas en desventaja, que son desgraciadamente la mayoría de nuestro entorno, por lo menos latinoamericanos.

Con estos insumos bíblicos podemos aprovecharnos para descubrir maneras alternativas para librar a las personas y a las colectividades, del dinamismo de la apropiación y de la avaricia que lleva casi mecánicamente a la corrupción. No sólo inculpando conductas que son provocadoras de más corrupción, sino por el comportamiento y el ejemplo de la vida y de la amistad que podamos irradiar y contagiar. Lo cual no implica, obviamente que no se luche con audacia frente a las estructuras injustas. Las personas pueden cambiar en base al dialogo, a la aceptación del otro y la amistad. Pero las estructuras inmorales e injustas, se modifican por la presión y la denuncia conjunta de las personas de buena voluntad, sobre los efectos funestos que conllevan esas estructuras.

En el artículo de la corrupción se presenta que uno de los grandes métodos para combatirla es percatarse de que no solo se la vence con las presiones y luchas a nivel sociológico, sino cambiando los corazones golpeados, trabajándolos y descubriendo las luces personales y grupales, que pueden iluminar sociedades y espacios buenos para vivir como humanidad nueva en dignidad y respeto de la Tierra. Allí es preciso fomentar para ello además, ese valor de la amistad como lo movilizador de humanidad, por excelencia. Ignacio de Loyola destacaba, además, que la amistad con los pobres, nos hace amigos del Rey eterno (Carta de la Pobreza).

Esto sí permitirá que no sea ya la corrupción la pócima normal de las personas y sociedades, sino que la humanidad nueva, surja también al unísono de la Tierra Nueva, esa Eutopía tan acariciada por Dios y puesta en marcha con el ejemplo de Jesús, impulsados por la fuerza de la Ruah (Espíritu).

Carlos Rafael Cabarrús S,J.
Guatemala, Marzo 2017


1 Es chocante  el tratamiento que se está  delineando  en la actualidad, con los ancianos.  Christine Lagarde directora del Fondo Monetario internacional, apoya una reducción de la esperanza de vida en los países desarrollados,  promoviendo así que la gente mayor se muera antes, para  ahorrar costos en las pensiones,  Esto es lo que el FMI  ha llamado “el risego de longevidad de la población” .  Para mitigar los efectos financieros de este riesgo el FMI propone por ejemplo, bajar pensiones por el riesgo de que la gente viva más de los esperado,  visto todo esto como un gasto social inecesario.

 

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