La corrupción: La tentación que más lucra y seduce

“Porque la raíz de todos los males es la codicia”
Tm 1 6;10

Nos toca abordar un tema que es clave en la actual vida ciudadana: combatir una lacra social y política: la corrupción, y por otra parte, fincar la posibilidad de construir mundos diferentes, basados en una democracia participativa, con relevos y en un marco de legalidad y de una ética sólida basada en la justicia  en los ámbitos político, institucional, económico, social y ambiental, preservando y cuidando nuestra casa común –la Tierra-. 

Eso supone escuchar un llamado ético interno que es sentirse parte de una sociedad, lo cual lleva al compromiso de no corromperse, por decisión personal, y en parte también por el legado que se debe dejar a las nuevas generaciones; a la propia descendencia. Si esto no se logra, entonces el resultante será resignarse a vivir, por siempre, conviviendo con el mal, a veces provocándolo; y estar sometidos al robo, a la extorsión, a la ingobernabilidad y asistiendo al crecimiento ingente de poblaciones que viven en la extrema pobreza y que mueren y agonizan.

Todo ello con el terror de verse afectados, algún día, por amenazas, como  tener que pagar “impuestos” cotidianos a las maras, a las mafias; o caer muertos en la calle, por una cuchillada o un balazo. Y lo peor de todo esto es, que  cada vez más se toma este escenario como parte ya aceptada del modo de vida.

La corrupción y la impunidad crecen; ya casi no se vislumbra una solución eficaz. Por ello es que hay que investigar y analizar qué es lo que fomenta y provoca la corrupción y  descubrir dónde están sus despertadores, dónde su fuerza. La corrupción etimológicamente es una acción que rompe, destruye, hace estallar algo. Es la corrupción la que hace explotar cosas positivas e impide un mundo más humano. No hay que olvidar, sin embargo, que los causantes de la corrupción no son solo externos: hay algo en el interior de cada persona que nos inclina o nos previene de ello.

Actualmente, vemos dos abordajes para explicar y luchar contra la corrupción. Por un lado, está la forma más frecuente; la que más aparece en los medios de comunicación, que considera que  la corrupción es un problema solo de ciertos individuos y que atañe a la violación del orden normativo (reglas y leyes). Es decir, que la corrupción se manifestaría a través de:

  • Un problema individual exclusivo de los ciudadanos corruptos.
  • Un sistema normativo-jurídico débil que habría que fortalecer.
  • Un sistema que es correcto y justo, pero que tiene el problema de los que se “saltan” el orden establecido.

La solución, con base en esta perspectiva, estaría principalmente en fortalecer al “estado de derecho” y su capacidad para reprimir y controlar los actos corruptos, además de juzgar a todos transgresores de la ley, haciendo que paguen por sus crímenes. Esta perspectiva no vincula la corrupción con la inequidad.

  1. Por otro lado, estaría la visión más “sistémica” sobre la corrupción, la cual es poco difundida en los medios de comunicación. Ella considera que la corrupción es consustancial a un orden político-social que genera desigualdad e injusticia, resultando en inequidad.1 Las estrategias bajo esta visión son diversas e integrales; e incluyen también el fortalecimiento de los marcos jurídico-normativos, pero en función de lograr un cambio civilizatorio hacia una Eutopía (Tomás Moro) o “lugar bueno para vivir” donde vivamos los seres humanos y la naturaleza en armonía y justicia. Nosotros nos adscribimos a esta visión. 

Dentro de esta perspectiva, es importante considerar el fenómeno de la corrupción en tres estratos. El primero, es el nivel personal e íntimo inscrito en el corazón de cada persona, con sus opciones, decisiones y tentaciones.  El segundo nivel es todo lo que toca a unidades más colectivas; es decir un nivel “meso”, donde por ejemplo, estarían los tejidos sociales; lugares donde las personas se aglutinan, para bien o para mal, pero de manera estructurada. Un ejemplo de esto pueden ser las organizaciones que se forman en torno al derecho a la tierra, a la defensa contra la minería, sobre todo a cielo abierto. La reivindicación femenina, la étnica, son parte también de este nivel “meso”. En este mismo nivel se sitúan los movimientos que se provocan de alguna manera espontáneamente muchas veces, y que pueden mover o cambiar el rumbo de un proceso, por ejemplo en Guatemala, con todo lo que ocurrió para deponer el anterior gobierno. El tercer nivel “macro”, es donde deben incidir las políticas públicas, las decisiones económicas de mayor repercusión. La necesidad de tener un Estado robusto y no corrupto es crucial para el buen funcionamiento de la sociedad. Por ejemplo, el papel del Ministerio Público ha sido decisivo en las presentes coyunturas sociales y políticas. No se puede olvidar el rol que ha tenido la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala –CICIG-, como apoyo al propio Ministerio Público. Sin ello, Guatemala estaría en una situación todavía más caótica.

Las tres dimensiones o niveles interactúan pero tienen sus propios campos de acción que deben ser cuidadosamente atendidos y tomados en cuenta en el momento del análisis, como también en el accionar político. Se constata que la corrupción tiene más detonadores a causa del ansia de “tener” más que la del deseo de poder. El deseo de tener tiene una amplitud inmensa. El poder es siempre más concentrado en sus números y acciones.

Nuestro análisis parte desde lo macro, que es lo que va dando siempre matices y peculiaridades a la cultura en general, al ambiente en que se mueven las instituciones “meso” y las individualidades.

1. La corrupción en la historia

La corrupción, sobre todo en estos tiempos, tiene su base en el anhelo de poseer más y más -fomentado por la propaganda y el mercadeo- y que a nivel moral aprovecha un dispositivo que ha sido siempre condenado en las diversas morales y religiones: la avaricia, que es ansia de poseer y acaparar más y más, combinada con la codicia, cuya definición tradicional es “desear los bienes ajenos” y utilizar todos los medios -lícitos e ilícitos-, para alcanzarlos. Como dice el apóstol Santiago: “codician lo que no pueden tener y acaban asesinando” (Sant 4, 2). Ambos elementos se entrelazan de diversas formas y son pilares del fenómeno que denominamos corrupción, que propiamente hablando se da en el ámbito personal, en el de las instituciones asociativas, pero sobre todo, en los espacios públicos.

No olvidemos que la tentación de los primeros padres fue “querer ser como dioses”: la soberbia (Gn 3,5)... Hay algo, así mismo, en la naturaleza humana,  -la avaricia- donde se anida el egoísmo y la apropiación, prescindiendo de los demás… Recordemos que los niños  de suyo reclaman, inmediatamente las cosas como propio; como “mío”. Es la familia, en primer lugar, como la escuela o las iglesias, en los años siguientes, las instancias que pudieran dar una normativa a estos instintos muy primarios. Esto sería el papel de instituciones a nivel “meso”. Luego vendrían las estructuras y leyes generales, en lo macro, que ayudarían a limar ese egoísmo innato y a provocar que las personas sean capaces de vivir entonces con responsabilidad en una sociedad donde se establecen reglas de distribución de la riqueza, por ejemplo, con impuestos, que debieran tener relación estricta con los ingresos devengados. Eso sería la condición ideal. 

Siempre se han dado géneros de avaricia, de codicia, en las historias de los pueblos, que son la fuente de la corrupción y que hacen estallar los logros más humanos. Parece que la tendencia de codiciar los bienes de los otros ha sido una tentación fuerte, ha sido un elemento siempre presente en las personas e instituciones intermedias. La búsqueda de poder, en cambio, es algo concentrado en pocos núcleos, si se compara con el papel de la codicia y la avaricia. El poder como tal es ejercido por pocos; la avaricia y la codicia tiene más rejuego en las personas y en las estructuras intermedias. La corrupción brota de esos dos “yerros” capitales: la avaricia y la codicia. Existe entonces una íntima relación entre poder y tener. Pero las  peculiaridades históricas marcan  las situaciones, las características y las fuerzas de la corrupción.2

No se puede olvidar que en general el poder tiende a corromper, casi por principio. Sin embargo, lo que es permanente es que  el poder aplasta… y pervierte los corazones y las instituciones. No hay que negar, además, que el poder religioso -en todas las religiones- es lo más temible de todo, pues utiliza lo divino y sagrado como respaldo y justificación de lo que manda. Solo recordemos en la misma historia pasada y presente de la Iglesia los modos ostentosos de vida, las guerras organizadas, el machismo descarado, los sistemas inquisitivos… Por otra parte, los vejámenes que han causado muchos de sus dirigentes sobre personas, infantes  y sociedades, a lo largo de los tiempos.

Lo que se tiene que lograr, entonces, es el ejercicio de la “autoridad”, -la autoridad viene de “augere”, en latín, que significa levantar, animar- es decir, la autoridad verdadera es la fuerza de hacer crecer a las personas e instituciones intermedias y así, hacer progresar a las sociedades, en el horizonte del bien común.

Es claro que en la misma Biblia tenemos ejemplos remarcables de avaricia, de celos, de envidias. Por ejemplo, desde el mismo episodio de Caín y Abel, donde Abel es asesinado por Caín, por envidia (Gn.4,5). En el Nuevo Testamento encontramos un hecho chocante: la actitud de Ananías y Safira que vendieron un terreno supuestamente para compartirlo con los pobres, pero habiéndose quedado con una parte del precio (Hch.5,1). Todo ello justo en contra del espíritu de lo que en párrafos anteriores se había establecido como características de la novedad de esa comunidad donde “todos compartían lo que tenían y lo distribuían entre los pobres” (Hch 4, 32).

2. Regulaciones de la avaricia y la codicia

Por esta razón, frenar la avaricia, el amor desmedido al dinero, que fomenta la codicia en los que tienen menos, se ha combatido con frecuencia mediante sistemas de redistribución de los excedentes en los grupos sociales. 

En el Antiguo Testamento, las leyes del Jubileo cada 50 años, establecían mecanismos de retorno de tierras hipotecadas o vendidas. El perdón de las deudas cada siete años, la prohibición de la usura; dedicar la segunda y tercer cosecha para los pobres; hacer descansar la tierra y el reposo del sábado, todo era un freno fuerte a la avaricia y la codicia. Todos estos mecanismos bíblicos ayudaban a trabajar por evitar los desmanes y la apropiación sin límites. El décimo mandamiento nos recuerda la prohibición de desear los bienes ajenos.

En comunidades de nativos de Norte América, se dio el sistema del Potlatch3 , donde se quemaban los excedentes agrícolas para evitar desigualdades. En sociedades campesinas agrarias, por ejemplo en Guatemala, ha habido modos de redistribución de los excedentes para frenar desigualdades crasas. Las cofradías y las alcaldías indígenas, por ejemplo, escogían como “principales” (alcaldes y mayordomos) a personas que habían acumulado bienes y dinero en el año; y los colocaban en cargos de dirigencia. Esos cargos implicaban gastar dinero o bienes en todas las celebraciones y ejercicio de su cargo. En parte, estos mecanismos estaban instituidos para frenar las tendencias de acaparamiento y desigualdad.

3. La globalización de la corrupción

La avaricia y la corrupción que siempre han existido, toman auge con el desarrollo del capitalismo, de manera más descarada. En sociedades como las del socialismo real se daban también mecanismos grandes de corrupción, pero mucho más escondidos, porque de alguna manera, toda corrupción descubierta era sancionada como nefanda, a veces con cárceles o muerte. Actualmente, se ha descubierto cómo la corrupción larvada de esas sociedades ahora ha tomado una fuerza desmedida increíble.

La corrupción que experimentamos en nuestros días es una actividad que es hija de este actual modo de producción, donde se privilegia el consumo y además el consumo suntuoso, que siempre se vuelve más difícil de alcanzar y eso provoca la necesidad de tomar o aprovecharse del dinero que permita acceder a ese “paraíso terrenal” de la posesión de bienes de lujo y extravagancias. Todo se ha mercantilizado: la tierra, el agua, las instituciones y hasta las personas se han vuelto bienes de consumo. La alta concentración del poder económico resulta en que puedan comprar lo que sea, por el medio que sea, como en el caso de la mayor transnacional portuaria del mundo, que compró la voluntad del Gobierno de Guatemala y su mayor puerto en el Pacífico, siendo un ejemplo claro de corrupción.

Sin embargo, ser miembros en pleno derecho del consumismo exacerbado, solo es posible para una ridícula minoría  en la tierra -en torno al 1% de la humanidad-. Dicho de otra manera, según el último informe de Oxfam4 , en la actualidad 63 personas a nivel mundial poseen la misma riqueza que 3,600 millones (la mitad más pobre de la humanidad). Hace tan solo 5 años eran 388 personas… Esto quiere decir que cada vez, la mayor parte del capital del planeta la manejan solo unas cuantas personas y la mayoría es cada vez más pobre5 . Sin embargo, la publicidad difundida por los medios de comunicación hace que consumir sea el anhelo principal de la mayoría; ya que, supuestamente, es allí donde reside la felicidad y la realización de los seres humanos. Recordemos que consumir es algo perversamente adictivo… Esto desata aún más la corrupción.

La solución para poder alcanzar ese “paraíso terrenal” es irse aprovechando de todos los resquicios que permite la sociedad, de manera velada, casi siempre, de utilización ilícita del dinero y de posesiones. Como hemos dicho en otras partes, el “consumismo”, es uno de los “proto-paradigmas” más influyentes en este mundo, junto con el machismo y el racismo exacerbado, que atraviesa  y marca a países y culturas enteras. Solo en Guatemala se ha reportado un número de casi 17 millones de líneas telefónicas activas: ¡hay más celulares que personas en este país!

Ahora bien, la corrupción siempre ha existido, como decimos, pero ahora se ha tomado cada vez más conciencia de ello a nivel internacional. Es decir, que ahora, a diferencia de antaño, la corrupción es un fenómeno que no conoce límites políticos ni geográficos, pero ya está en vitrina; la palpamos continuamente en las noticias. ¡Esto ya genera una creciente indignación! Está en todo tipo de países: ricos y pobres. Es entonces un problema y un rasgo inmensamente relevante y connatural al sistema económico que vivimos. No se puede negar también que, afortunadamente, la lucha contra la corrupción está tomando fuerza cada vez mayor.

3.1 Nivel macro de la corrupción6

¿En qué se asienta de ordinario la corrupción más institucionalizada?7

  • Enormes recursos que se sustraen a la economía y a las políticas sociales.
  • Falta de transparencia en las finanzas nacionales e internacionales.
  • Utilización de paraísos financieros con dineros ilícitos.
  • Falta de información sobre el tema por los medios de comunicación: prensa, radio, redes sociales… aspecto que también se está revirtiendo…
  • Falta de una verdadera democracia.
  • Acumulación y desigualdad creciente y extrema.
  • Anteposición del derecho de propiedad privada antes que los derechos humanos.
  • Destrucción de la naturaleza. Esto es muy claro en toda la economía extractivista, donde para llevar adelante esos planes, se ocultan los destrozos a la naturaleza. Ahí surge de nuevo un lugar para la corrupción, además de que para ello, casi siempre se logra la cooperación del Estado para apoyar esas industrias, de manera velada o encubierta.
  • Reducción del Estado. Esto tiene consecuencias nefastas en los roles de gestión del bien común; en su rol policial de defensa del orden e implica la reducción de recursos y pérdida de soberanía frente a los poderes económicos internos e internacionales. 

Lo que hace más letal a la corrupción es que con frecuencia los costos de las vidas lujosas se pagan desviando los fondos de los Estados, que estaban destinados  a una utilización más legítima, en beneficio de la salud, educación, y vivienda de las personas menos favorecidas.

  • La corrupción  atraviesa todos los sectores sociales. Es un fenómeno que infecta a cada uno de los Estados y a los organismos internacionales. Ha sido fuente de lacras terribles a nivel moral y financiero.
  • La corrupción se favorece por la escasa transparencia en las finanzas internacionales. 
  • La corrupción, actualmente, está vinculada muchas veces con el tráfico de drogas, de lavado de dinero sucio, el comercio ilegal de armas y con otras formas de criminalidad, por ejemplo, la trata de personas, de órganos, etc.
  • La corrupción roba enormes recursos que se sustraen de la economía y de las políticas sociales.
  • La corrupción distorsiona de raíz el papel de las instituciones políticas y daña su capacidad para asegurar el bien común de todos los ciudadanos.
  • La corrupción destruye los sistemas legales y mina la confianza necesaria para que la sociedad y la actividad económica funcionen bien8.

El pacto social que establecen las sociedades se basa en la legalidad y en el deber de sancionar a quien no cumple con la norma establecida, refrendado por una Constitución social y política. Esto podría ayudar sustancialmente a la lucha contra la corrupción. Pero lamentablemente, se suele romper ese pacto social. Hay que recordar, sin embargo, que la “legalidad” tiene que estar asentada en evitar las injusticias en el horizonte de la búsqueda del bien común; en el destino universal de los bienes de la tierra. (Cfr. Compendio Doctrina Social de la Iglesia, No 171 ss.).

En este sentido el bien común es el conjunto interrelacionado de valores sociales que son compartidos por todos los miembros de la comunidad, que beneficia simultáneamente a la comunidad y a cada uno de sus miembros. Es un bien que no es la suma agregada de bienes poseídos por los bienes individuales de la sociedad.

Afirmamos, por otra parte, que dentro del plano legal, la sanción tiene que tener fuerza. Si no, las leyes carecen de relevancia e impacto… Ahora bien, a nuestro entender la sanción debe tener, en términos generales, un carácter formativo; no es el castigo por el castigo lo que debe pretenderse, sino la corrección para lograr regenerar a la persona convicta y modificar la intelección de la sociedad y de las leyes. Así que “no basta con meter presos” a los corruptos. La justicia tiene que resarcir, reparar, corregir y regenerar.

3.2 Nivel meso de la corrupción: lo asociativo

Si la corrupción es una herida terrible desde el punto de vista material, y un costo enorme a la economía, sus efectos son todavía más negativos respecto a los bienes inmateriales, ligados a la vida humana y social. Como dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: la corrupción priva a los pueblos de un bien común fundamental, el de la legalidad, respeto de las reglas, funcionamiento ideal de las instituciones económicas y políticas de la transparencia. Todo esto fundamentado  obviamente en la búsqueda de justicia y no solo de la legalidad.  (Cfr. Ibíd. 411).

La corrupción, entonces, emana de decisiones personales o grupales, provocadas por la inercia de una cultura nociva que se salta la legalidad –cuya fuente debe ser la justicia- pero que no respeta los marcos establecidos. Esos “robos” descarados o encubiertos, que poco o nunca son sancionados, provocan que la ley no se fortalezca y se viva en una anomia perversa. Todo esto sostiene una cultura donde todo se puede hacer; donde toda situación puede presentar oportunidades de vivir gracias a esos robos y sustracciones. Es en ese mar donde navegan, navegamos, muchas personas. Es bueno, por tanto, hacer una confesión al respecto. Todo ello debe provocar además un grito interno pero con repercusión externa de “¡esto no puede ser!”  

El problema es que a nivel “meso”, nuestros tejidos sociales, los colectivos de diversa índole (por ejemplo, en positivo: lucha por la tierra, por el agua, por la salud) se ven infectados por esa cultura corrupta. Hay que hacer un esfuerzo enorme para no caer como personas, como grupos y como asociaciones, en las trampas de la corrupción. Lamentablemente, muchos de los tejidos sociales del submundo empobrecido construyen redes perversas para hacer el mal.

No hacer esfuerzos para subsanar y depurar la corrupción supone una falta de cultura moral, una falta de ejercicio de la honestidad personal, institucional y colectiva, sin lo cual todo sistema es proclive a delinquir. Pero como decíamos, lamentablemente en la actualidad la corrupción es ya un modo de vida que se encuentra en el Estado, en las capas más pudientes de la sociedad, pero también en las áreas más golpeadas por el hambre, la desnutrición y la ignorancia. 

La situación es muy difícil en una sociedad que no premia el esfuerzo, sino la astucia, donde no se estimula el producto del trabajo, sino la conducta oportunista; la imagen del joven avispado “patojo chispudo”, es celebrada, ya que logran acceder a los escasos trabajos.  Los jóvenes que se integran a la fuerza de trabajo se debaten entre conseguir empleo en estas condiciones, forzándose a corromperse o a quedar desempleados.

La corrupción corroe estructuras intermedias descaradas como las que se expresan en las pandillas, en los mecanismos de distribución de las drogas en las barriadas… Pero también se detecta en otras actividades más ocultas como el tráfico de personas, de mujeres; tráfico de órganos… 

Con todo, también la corrupción se hace patente en la constante pretensión de evadir impuestos, no solo a nivel personal, sino desde asociaciones o empresas… Un lugar muy claro de corrupción es en la negativa a pagar los salarios justos para poder acumular más… También en la idea de los “salarios diferenciados”, bajo la justificación de la competitividad. Asimismo, la corrupción se manifiesta en los sindicatos del Estado que muchas veces están inundados de vicios sociales y políticos que impiden que se puedan usar de modo más decisivo los fondos nacionales para el servicio público de salud, educación y alimentación.  Es decir, se ha traicionado el fin por el que fueron constituidos…

La corrupción, señalábamos, es un ingrediente importante en la constitución de tejidos sociales maléficos como son los carteles, las “maras” y todo tipo de crimen organizado que tiene una estructura genial, pero para hacer lo malo y que, desgraciadamente,  ganan cada vez más adeptos –a la fuerza o por atracción-. Todo ello hace que la corrupción que está detrás del dinamismo de las redes de organización y de distribución del mal crezca de manera exponencial. 

Esta realidad supone, en palabras cristianas, la fuerza del mal, sobre todo, como ya indicábamos, bajo el aspecto de “avaricia” que se infiltra en la sociedad y en la cultura, por medio de la publicidad y del fomento de un  consumo exorbitante. En la actualidad, el sistema económico está construido, prácticamente, con base en el capitalismo craso, cuyas reglas no son la producción y distribución de bienes fundamentales: alimentación, vivienda, educación,  trabajo y seguridad social, sino el fomento de los bienes y los lujos; así como el aumento de la tasa interna de ganancia.

Los superfluo, como nunca, seduce a través de las grandes pantallas o por los celulares, punto de fascinación donde la población ansía y lucha por conseguir esos bienes de consumo; o se “consumen” por no poderlos adquirir de maneras lícitas. Todo ello impulsa a poblaciones enteras a vivir en un clima donde todo está permitido con tal de alcanzar los bienes que cautivan y embelesan de muchas maneras.

La corrupción corrompe, entonces, la ecología humana porque las familias no pueden trasmitir valores morales cuando las leyes son injustas y cuando las condiciones sociales se deterioran.

3.3 Nivel personal de la corrupción

La fuerza de la corrupción, de la avaricia y codicia en general, tiene en la sicología humana el gancho más fuerte y el despertador más potente, cuando no se han sanado las heridas profundas. La cultura de corrupción está sostenida –a nivel personal- por un componente sicológico herido, proclive a lo negativo, a la venganza, al robo (con una inmensa variedad de abusos, de cohechos, de sobornos, de utilización de dinero y medios para fines personales y/o grupales) a la manipulación de personas y al maltrato de los demás. Todo esto son acciones claramente negativas, que en principio son malas, pero que operan de forma inconsciente, subrepticiamente y por ello difíciles de frenar. Es como una matriz nefasta que enseña a mentir, a aprovecharse, porque de alguna manera la persona así fue golpeada, traicionada, herida; y entonces pretende de forma inconsciente, desquitarse. Esto es un despertador de corrupción muy fuerte.

Por su parte, el sistema económico imperante proyecta la libertad como individualismo craso, cuyo efecto, entonces, es la insolidaridad. El sistema distrae del compromiso por hacer cambios estructurales en el mundo y en la sociedad.  Para estratos económicos más pudientes, la preocupación por las necesidades de los demás parece sospechosa; dar la mano a los que están en desventaja se considera como algo peligroso si no está controlado por las reglas del capital. Se aplaude la beneficencia, como en las fundaciones, pero no los cambios de las estructuras injustas. Se justifica todo ello en que el mercado será el gran regulador de la economía y la sociedad; y se  confía en “la mano invisible” del capital como el ordenador fundamental y automático de la economía. No tomando en cuenta  que en el fondo, el derecho individual tiende por principio a sobreponerse siempre al bien común… 

Mientras no se limpien los lastres íntimos, ubicados en el corazón de las personas y de las comunidades humanas, siempre la corrupción y la avaricia serán atracciones fatales y poderosas.

4. Las tareas que dimanan de todo ello

4.1  Limpiar el corazón herido, primera fase

De ahí, que el gran camino para ir erradicando la corrupción, además de los necesarios cambios estructurales en el nivel económico, político, social, ambiental y educativo, es precisamente ayudar a limpiar los corazones de todo ese aspecto negativo, dañino, que ha sido provocado por experiencias, sobre todo en la niñez, donde se hirió al infante, y con lo cual, se genera después en el joven y en la persona ya adulta, una predisposición a herir por donde fue herido, a querer vengarse, a tener reacciones desproporcionadas por ejemplo, al uso del dinero; a la añoranza por tenerlo, a contrarrestar situaciones de marginalidad y extrema pobreza de manera violenta en algunos o haberse acostumbrado a los lujos y extravagancia de una vida donde todo lo que se quería se obtenía sin importar cómo ni de dónde se sacaba…

El proceso de formación profunda, con una metodología específica9 que pudiera por lo menos paliar y ojalá detener la corrupción contiene dos fases fuertes.  En la primera fase, se limpian todos los lastres del pasado de las personas y de los colectivos. Allí se trabaja con las sensaciones negativas que han quedado grabadas en el cuerpo y en la mente, para provocar literalmente una evacuación, un vómito de todo lo que ha causado daño y así limpiarlo. Esto es lo que denominamos  “drenar la herida”. Se puede ir verificando con ello, que los traumas que han afectado la vida comienzan a perder fuerza.  Las compulsiones y reacciones desproporcionadas dejan de tener el antiguo poder. Este taller se hace de una forma sistemática, en grupos y con personal especializado para atender esos procesos.

El problema es que toda esta capacidad de hacer el mal  permanece de algún modo agazapado  en el corazón humano, de manera inconsciente, esperando un detonante que lo dispare, una institucionalidad que lo racionalice y justifique.  No hay que olvidar que las estructuras sociales y políticas están viciadas también y son capaces de contaminar los corazones y la sociedad en general. Normalmente, “darse cuenta de esto” requiere de un proceso que permita con libertad y transparencia, tomar conciencia  de que llevamos en el corazón mecanismos que de manera muy racionalizada y disfrazada, nos lanzan no solo a hacer daño a otros, a nosotros mismos y al mundo que habitamos, sino también a “validar” aquellos comportamientos que deshumanizan. De manera que vivir deshumanizadamente resulta lo normal, incluso como si Dios permitiera  que así viviéramos. Lamentablemente esto se da con más fuerza en situaciones de pobreza flagrante.

En ambientes precarios, salirse de esos lastres y permitirse soñar y desear profundamente algo diferente; es un lujo que muchas veces ya no se puede dar. Es una habilidad que también ha sido golpeada contundentemente. Cuando la posibilidad de vivir con dignidad, se reduce al mínimo, se termina aceptando lo que se puede hacer para sobrevivir y se debilita con eso el sentirse con derecho de una vida más plena, más solidaria, más armoniosa. Con más posibilidades de vivencias éticas. 

4.2 Aprender a vivir desde la luz

De allí la importancia de que se pueda  descubrir y reconocer que hay algo muy íntimo pero también muy inconsciente, -como si estuviera soterrado-, que ha permitido a la personas y grupos a sostenerse a pesar de todo. Encontrar que la capacidad de resistir frente al aplastamiento de sistemas malignos  es ya una expresión de fuerza vital. Esta capacidad es el primer paso hacia la indignación frente al presente, que debe ser personal y grupal.  Esto ayuda a rehacer los tejidos sociales… De esta base profunda puede entonces emerger la “meta” de defender lo que da vida personal y colectiva, y  valorar lo vital que ni la misma pobreza e inequidad ha logrado arrebatar. 

Por otra parte, tomar conciencia -esto es muy importante- del hecho de que siempre hay gente que está aún en peores situaciones suele provocar solidaridad y compasión, dentro de la similar miseria.  Y esto comienza a dar sentido a la existencia...

Atender estos aspectos sicológicos, es lo que en el pensamiento social de la Iglesia se llama trabajar por salvaguardar “la ecología humana”. Este respeto y fuerza de no solo cuidar la naturaleza y el ambiente, sino también defender al ser humano, paradójicamente ¡de la acción del ser humano! La ecología social no es solo darse cuenta del destrozo del mundo ambiental, sino de que hay un deterioro radical de lo humano, pues los humanos formamos parte del ambiente,  no somos dueños de él y hay que custodiarlo.

Situaciones  extremas de gente en  manifiesta precariedad, son para quienes estamos en mejor situación,  una exigencia para brindar apoyo y solidaridad con quienes están al margen de la vida. Por su parte,  el impulso de la indignación de los que están sufriendo más puede convertirse en  una lucha tenaz contra todo lo que produce corrupción e injusticia.

Lo que hemos denominado espiritualidad civil10 puede transformarse en factor de amalgama poderosa  para unir colectivos en torno a causas justas como la erradicación de la inequidad y la corrupción, especialmente, en la capacidad de indignarse, para impulsar  que las cosas nefastas reviertan hacia el bien, hacia la “eutopía”, donde se encuentra la paz como meta y como medios; ese  lugar bueno para vivir. 

Esa espiritualidad se forja principalmente al haber encontrado “sentido” a la vida.   Se caracteriza además, en que esa espiritualidad la constituyen “personas de bien”;  “buena gente”.  Y esto supone  finalmente  honestidad; justo lo opuesto a la corrupción.

La ecología social pone el énfasis en que no solo hay que defender a la naturaleza sino que el cuidado de la casa común tiene que ver con  la erradicación de la pobreza, con la supresión de las agresiones a la vida, con detener el aminoramiento de recursos naturales y luchar contra lo que  ahora se denomina el “ecocidio”, teniendo siempre en cuenta en todas estas luchas, la fuerza arrolladora de la globalización de la injusticia salpicada en múltiples formas de corrupción.

4.3 La fuerza de la positividad  y la conciencia

La segunda fase de ese taller, versa sobre las fuerzas  internas positivas: darle vuelo a la energía vital que todas las personas poseen y percatarse de cómo esto va empoderando a la gente. Esta labor no se realiza con base en ejercicios en la mente o a exposiciones teóricas, sino principalmente, con trabajo corporal, donde la persona descubre  todo lo que le ha dado vida en su existencia.  Se produce así, una apropiación  de las  cualidades más importantes,  que quizás no se habían descubierto, y que son las que  han comunicado  identidad y vigor. Esto constituye lo que denominamos “descubrimiento del manantial”.  Como un fruto de este manantial emerge la conciencia, que es la voz de esa fuente que está llamada a crecer. Esa conciencia puede robustecerse mediante la vivencia de los valores humanos.

Es desde esa fuerza positiva donde queda claro que no es la revancha y la violencia lo que puede ayudar a salir de ese infierno. Es la esperanza -la gran movilizadora- que hace creer que de alguna manera todo puede y debe ser mejor, si las personas se organizan y luchan juntas. Ahora bien, esto es más fácil cuando el pasado no ha sido tan asesino con las personas…

En los lugares donde ha habido más miseria y violencia, después de drenar la rabia, la cólera, el dolor y sufrimiento, es donde pueden ir detectándose paradójicamente energías internas, fuerzas y vivencias de “sentido”.  Esto ayuda a caer en la cuenta de que lo que ha ido sacando de situaciones traumáticas, de  miedo y de estar al borde de la muerte… es desde donde -si se toma conciencia de ello- puede emerger  también el manantial. Lo cual no será fácil. Habrá mucho lodo que obscurezca donde están los borbotones de vida… Pero si la persona aún subsiste, porque es claro que está presente con vida: ¡es que existe ese manantial!   Ese mismo “ojo de agua” es el que va a ir indicando a las personas qué es lo que les da más fuerza, sentido y  vida;  y qué es lo que, en cambio, lo quitaría. Esto es lo que llamamos la voz de la conciencia, que es la voz de ese “manantial” en crecimiento… Así se empieza a discernir los dilemas de la condición  humana.

La “conciencia” es, por tanto, esa  voz del ser que a pesar de todo,  aunque se hayan pasado situaciones terribles, emite por lo menos un leve sonido de vida y esperanza. Esto ayuda a darse cuenta  de que la persona “es”; de que “existe”. Con esa voz la persona  detecta, entonces, lo que le hace bien y lo que la  enferma.  La conciencia de una persona que ha vivido en la miseria, el miedo, el hambre, una vez drenado tanto golpe interno y externado su dolor y rabia;  comienza a  saborear,  poco a poco sus propias fuerzas; su vitalidad, su cuerpo mismo. Entonces podrá descubrir  que experimenta en su corporeidad y en su energía,  un sostén, un baluarte,  un poder, ya que, a pesar de tantos agravios y golpes,  ha quedado aún de pie, y ¡resiste!   La resistencia es una de las máximas expresiones del manantial. La “resiliencia” es connatural a la vida.

Es también esa resistencia como fuerza positiva, donde queda claro que no es la revancha y la violencia lo que puede ayudar a salir de ese infierno. De estas  pequeñas experiencias se puede barruntar lo que puede ser la dignidad de la persona y de la tierra.  Puede entenderse que la bandera de la dignidad es de verdad ser libres de lo que ata y esclaviza.  Se puede comprender que hay que erradicar del modo de vivir  todos los “ismos”: machismo, sexismo, clasismo, racismo, proselitismos… Se puede palpar la fuerza que tiene el  respeto al derecho ajeno. Se puede descubrir que lo diferente a lo propio no es amenaza  sino oportunidad. Se capta que todo esto supone pretender una verdadera justicia donde cada quien reciba según sus necesidades.  Se puede ir entonces fraguando una verdadera solidaridad, donde lo que prive sea la responsabilidad de unos y otros, y con el mundo…  Todo esto va a ir construyendo caminos de equidad para luchar contra lo  inhumano, lo corrupto, contra lo que hace que todo lo bueno se desvanezca y se mancille.

Todo esto implica que quienes estamos preocupados por las situaciones funestas y queremos cooperar a transformarlas, nos acerquemos a esos mundos que, en principio, nos pueden provocar miedo. Todo ello supone que nos hagamos “amigos de los pobres”, de los empobrecidos, porque como decía Ignacio, esto nos hace amigos del Rey eternal.  La amistad con la gente necesitada es el lubricante para querer luchar por un mundo más justo, libre de corrupción, para todas y todos.

“Tenemos que hacernos, como nos señala el Papa, amigos de los marginados, olvidados y de los indigentes si queremos llegar alguna vez a entenderlos y ayudarles; y sobre todo, si queremos comprender por qué Dios siente de hecho un afecto especial por quienes la sociedad descarta como menos importantes o por completo insignificantes” (Cfr. Por una economía global justa. Construir sociedades sostenibles e inclusivas Promotio Iustitiae. 121, 2016 Informe Especial).

Con estos valores así asumidos por las personas y  por los grupos humanos, puede construirse y estructurarse un sistema de “moralidad” que mine la fuerza de la corrupción. La conciencia personal y colectiva, por tanto, es el principal bastión contra la corrupción.

De importancia capital es superar a todo nivel, la cultura de la impunidad. Los pasos incluyen exponer públicamente el comportamiento ilícito, castigar al culpable y establecer códigos éticos. Hay que fomentar una conciencia civil promoviendo una sociedad regida por la ley, que debe sustentarse en la justicia y en el bien común.

4.4  La elaboración de tejidos sociales impregnados de los valores humanos

El tejido social es un instrumento de análisis y de acción para la generación de sociedades alternativas. El tejido social tiene una fuerza muy grande. Lo básico en todo ello es que la meta sea que los agentes sociales de base se fortifiquen. Hay que evitar que personas académicas o no vinculadas a esos movimientos queramos intervenir haciendo propuestas. Son los mismos agentes ciudadanos los que deben desarrollarse en analizar y tomar decisiones ya que intuyen cómo hacerlo a su modo. Esto tiende a durar más.

Sin embargo, es necesario nuestro aporte como agentes externos y es entonces crucial estar atentos a los surgimientos de diversas situaciones límites o de urgencia, para observar cómo la gente  encuentra soluciones con sus propios medios y sus pequeños esbozos de organicidad. Estas “urgencias” pueden ser luchas por la defensa de la tierra, del papel de la mujer, de la reivindicación étnica, una catástrofe, la lucha por el agua…  La lucha contra la corrupción.   Este es el primer hilo del tejido.

Si se ha tenido éxito en ese empeño, este triunfo es entonces una hebra muy fuerte. Aquí podrían venir deseos de propuestas nuevas a muchos niveles: económicos, sociales, políticos, religiosos… que van a dar más fuerza a este incipiente tejido.

Poder colaborar en detectar personas líderes -lo deseable es que surja pronto un equipo de líderes que puedan ir alternando el ejercicio de la autoridad-  eso puede ser un aporte externo. Brindar ayuda para la formación de esos participantes puede también ser una contribución de personas ajenas al tejido. El tejido comienza como algo pequeño, un micro-tejido, pero puede irse relacionando con otros micro-tejidos y formar así alianzas estratégicas y tácticas para la consecución de las metas.

Estos nuevos líderes tendrían que realizar, por decirlo así, una tarea titánica donde la bandera sea la moralidad y donde la honestidad de las personas se haga notar con fuerza.  Que lo de recuperar la decencia sea su característica. Que se note que cada miembro de estos nuevos tejidos tiene la convicción de la justicia y de la lucha contra la corrupción a todos los niveles.  Recordando siempre que la convicción obliga a reordenar todas las acciones según eso que decimos que valoramos.  Esta convicción debe producir hábitos que hagan que esos ideales se vayan notando en nuestro quehacer diario. Pero  esto no se logra en solitario.  Sería  constituir entonces tejidos sociales que, empapados de esta cruzada, contagiaran a otros tejidos, a muchas personas, para rescatar la humanidad y la tierra del caos en que la hemos sometido. 

4.5 La constitución de macro-tejidos, como plataforma de moralización de la política y de consecución de una nueva meta de sociedad, la Eutopía

Como señala el documento citado de Promotio Iustitiae, a pesar de las dificultades, hay signos nuevos de esperanza. De alguna manera, afirma que “está surgiendo una nueva sociedad global”. Esto se favorece, indica, cuando, por ejemplo, se llevan a cabo acciones directas para hacer frente al deterioro ambiental a través de nuevos medios de comunicación y fomentadas por comunidades locales. Lo mismo se favorece al desarrollar prácticas laborales justas y promover la solidaridad por encima de fronteras y niveles de ingresos.  

Todo ello nos lanza, por tanto, a pretender un cambio civilizatorio. Lo que está pervirtiendo la sociedad no se soluciona con un juego de “técnicas” económicas o políticas. Hay que  trabajar por eliminar la pobreza cuya fuente es la exclusión11. Donde, al contrario, el gran norte sea el bien común, el cuidado de la Casa Común, ese lugar “bueno para vivir como humanidad en armonía con la naturaleza”: la Eutopía.

Esto supone la construcción de un Estado robusto, capaz de establecer bien el papel de las leyes, de la justicia;  Todo ello entraña el establecimiento de una civilización de la austeridad12 ; de una cultura de la sobriedad donde lo que organice todo sea el hecho de compartir nuestras riquezas en todos los niveles, especialmente con quienes están en desventaja en las cunetas de la historia.

POST SCRIPTUM

Este artículo contó con el invaluable apoyo de retroalimentación de varias personas cercanas a mí.  Cada una de ellas encontrará sus aportes  en el recorrer de las páginas.  Muchas gracias por todo. 


Uno de los elementos más nefastos que produce la inequidad es precisamente la ruptura del marco básico para la convivencia humana. Con condiciones de extrema precariedad se genera el submundo infernal típico de nuestras zonas marginadas. Allí rige la ley de la selva, el “homo homini lupus". Es allí, en donde se crean submundos donde lo que priva es la pobreza y la miseria que conllevan el saqueo, las drogas, las violaciones sexuales. Todo esto enmarcado en la impunidad suma. Un escenario terrorífico de esto puede encontrarse en un excelente artículo publicado en El Faro de El Salvador, 24 julio 2011, cuyo título es “Yo violada” véase: http://www.salanegra.elfaro.net/es/201107/cronicas/4922/Yo-violada.htm

2Habría que distinguir entre corrupciones mayores y otras que son menores. Se debe considerar el impacto que se provoca y quién obtiene el beneficio de la acción sustractiva. Ahora bien, no es lo mismo un robo pequeño que uno mayúsculo, aunque la actitud en lo mínimo puede alentar a explorar en lo mayor… Para esto no hay que olvidar la frase evangélica que el que no es fiel en lo poco no será fiel en lo mucho. (Lc 16:10).

Cabe recordar sin embargo, que las apropiaciones que la gente en necesidad pueda llegar a realizar, propiamente hablando no son “robo”. En la tradición de los Padres de la Iglesia se nos recuerda: “Del hambriento es el pan que tú retienes, del que va desnudo es el manto que tú guardas en tus arcas; del descalzo, el calzado que en tu casa se pudre” (San Basilio, H. Destruam. 7) Por su parte, San Juan Crisóstomo decía que “el no dar a los pobres de los propios bienes es cometer con ellos una rapiña y atentar a su propia vida” (Crisóstomo. Sobre Lázaro h, 2,4) Esto supone que los bienes tienen claramente una función social, -lo superfluo de los que tienen más- pertenece a los indigentes. El robo –la rapiña- es de quien teniendo de más, no comparte… (Diccionario Social de los Padres de la Iglesia. EDIBESA, Madrid, 1997, pág. 338).

3El Potlatch es un sistema complejo de intercambio. Mauss lo llama de “prestaciones sociales totales” porque va a implicar el total de la vida simbólica. Se trata de destruir, quemar, tirar al mar, hacer añicos la riqueza excedente; de ‘consumirla’ de la manera en que se consume un leño en el fuego. El Potlatch es como un mecanismo de adaptación económica ante períodos alternantes de abundancia y escasez.

4210 informe de Oxfam, 18 de enero de 2016. UNA ECONOMÍA AL SERVICIO DEL 1%, Acabar con los privilegios y la concentración de poder para frenar la desigualdad extrema.

5Otros datos relativos a esto son:

  • El 1% más rico de la población mundial acumula más riqueza que el 99% restante.
  • Al mismo tiempo, la riqueza en manos de la mitad más pobre de la humanidad se ha reducido en un billón (millón de millones) de dólares a lo largo de los últimos cinco años.
  • En 2015, solo 62 personas poseían la misma riqueza que 3,600 millones (la mitad más pobre de la humanidad). No hace mucho, en 2010, eran 388 personas.
  • Mientras tanto, la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares en el mismo periodo, un desplome del 41%.
  • Desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial solo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa “nueva riqueza” ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico.
  • Los ingresos medios anuales del 10% más pobre de la población mundial, en quienes se concentran pobreza, hambre y exclusión, han aumentado menos de tres dólares al año en casi un cuarto de siglo. Sus ingresos diarios han aumentado menos de un centavo al año.

6Comienzo el análisis desde lo macro dado que estructura el nivel meso y el nivel personal o micro. En este nivel se incluye lo estatal nacional, por una parte, y la dinámica internacional. Como dijera Xabier Gorostiaga, lo “Gloncal”: global, nacional y local.

7Cuando decimos Corrupción estamos condensando una serie de términos que tienden a ser más específicos a matices de la corrupción, pero que no son fáciles de entender por personas no especializadas en la temática, como:
Exacción: Acción y efecto de exigir impuestos, prestaciones, multas, deudas, etc. Cobro injusto y violento.
Concusión: Exacción arbitraria hecha por un funcionario público en provecho propio.
Cohecho: Delito consistente en sobornar a un juez o a un funcionario en el ejercicio de sus funciones, o en la aceptación del soborno por parte de aquellos.
Cohecho pasivo: El aprovechamiento del cohecho, lo cual implica un oferente y un retribuyente, alguien que induce y alguien que es inducido.
Cohecho activo: Es aquel que tiene lugar a través de obligar o forzar a un funcionario público, una persona a cargo de un servicio público, un árbitro, un componedor o un jurado a hacer u omitir un acto relacionado con sus deberes y funciones, haciendo uso de la violencia o de amenazas.
Fraude: Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete. Acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros.
Malversación: Delito que cometen las autoridades o funcionarios que sustraen o consienten que un tercero sustraiga caudales o efectos públicos que tienen a su cargo.
Peculado: Delito que consiste en el hurto de fondos del Estado, cometido por aquel a quien está confiada su administración.
Peculado culposo: El funcionario o empleado público que, por negligencia o falta de celo, diere ocasión a que se realice, por otra persona, la sustracción de dinero o efectos públicos de que trata el artículo precedente.
Tráfico de influencias: Utilizar la influencia en algo nocivo en ámbitos del gobierno o incluso empresariales, a través de conexiones con personas, y con el fin de obtener favores o tratamiento preferencial. Se buscan conexiones con amistades o conocidos para tener información, y con personas que ejerzan autoridad o que tengan poder de decisión, y a menudo esto ocurre a cambio de un pago en dinero o en especie, u otorgando algún tipo de privilegio.

Lo anterior son nombres para referirse a términos jurídicos donde se especifican ilícitos con relación a dinero e influencias. Ya indicamos, con todo, que la palabra que más define el ámbito de corrupción respecto a las mayorías es la inequidad. Es ella la causa del sistema nocivo imperante que prolifera en las zonas más pobres de nuestras ciudades: es el caldo de cultivo que envenena a la mayoría de las personas en esas barriadas. Es allí, además, donde rige la impunidad despiadada. La corrupción engloba: violaciones, vicios, asesinatos, desnutrición, enfermedades y analfabetismo, en un horizonte de falta de posibilidades de cambio y de futuro.

8Como dice Torres Galarza: “los intereses del capitalismo, expresados en una de sus corrientes más nefastas, el neoliberalismo, organizaron desde el Estado, el derecho y el mercado, la negación de la diversidad, generando el desconocimiento de los derechos políticos, económicos, ambientales y culturales de millones de seres humanos (y la naturaleza). Y consagran un régimen de los derechos supremos del capital”. Democracias en revolución & Revoluciones en democracia. Pág. 63- CIS. Bolivia 2015

9Esta metodología está descrita en varias publicaciones nuestras. Véase, por ejemplo, La Danza de los íntimos deseos, siendo persona en plenitud. Ed Desclée de Brouwer, 6 edición, Bilbao 2010. Así también en: Ser persona en plenitud. Ed Fe y Alegría Caracas, Venezuela 2002.

10Ver Cabarrús, Carlos Rafael. “Espiritualidad civil” Transformado el mundo en un lugar bueno para vivir”. Cara Parens, Universidad Landívar, 2014.

11Es decir, lo que pretendemos es la inclusión social, entendida como las condiciones materiales, subjetivas (psicológicas, ideológicas, espirituales) y culturales para la reproducción social ampliada (reproducción y desarrollo) de los miembros de una sociedad. Lo anterior implica el principio de vida humana en plenitud. La inclusión social se visualiza en el ejercicio pleno de los derechos humanos, que también incluye una ética de la protección ambiental. Por lo tanto, la inclusión social no es la incorporación económica de los “desechados” a la sociedad tal y como ahora existe, sino la satisfacción y el ejercicio de los derechos fundamentales, que se pueden lograr desde diferentes cosmovisiones, abordajes o perspectivas culturales. La inclusión social es respetuosa y promotora de la diversidad cultural y social; por lo tanto, no se trata de incluir a otros en el proyecto sociocultural dominante, sino de construir todos una nueva forma de relaciones sociales, mejor que la predominante hasta ahora.

12Entendemos como civilización de la austeridad, ese ámbito de vida digna, vida plena, de consumo satisfactorio y armónico con el planeta, contrapuesta a la actual civilización de la riqueza concentrada, el desperdicio vertiginoso con poblaciones y ambientes descartables. Para nosotros la austeridad es clave, pues implica quitarse algo para compartirlo. Siendo fieles al famoso texto de Isaías 58 donde la palabra significativa es “compartir” y de Mateo 25 en el “juicio de las naciones” donde se nos juzgará por haber o no compartido con las personas necesitadas. También la actitud de Pablo es indicativa cuando subraya “debo trabajar duro para apoyar a los necesitados” (Hechos 20:35).

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