A la escuela del Maná

Cuenta Eduardo Galeano que en la isla de Vancouver los indios celebraban torneos para medir la grandeza de los príncipes. Los rivales competían destruyendo sus bienes. Arrojaban al fuego sus canoas, su aceite de pescado y sus huevos de salmón; y desde un alto promontorio echaban al mar sus mantas y sus vasijas. Vencía el que se despojaba de todo.1

   En el extremo contrario está el personaje de una parábola de Jesús: “Jesús les dijo: “Cuidado con la codicia porque alguien nade en la abundancia, sus bienes no le darán la vida. Y les propuso esta parábola: Las tierras de un hombre dieron una gran cosecha. El se dijo: ¿Qué haré, que no tengo dónde meter toda la cosecha? Y dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros  y construiré otros mayores en los cuales meteré mi trigo y mis posesiones. Después me diré: Hombre, tienes acumulados muchos bienes para muchos años: descansa, come y bebe, disfruta. Pero Dios le dijo: ¡Necio! esta noche te reclamarán la vida. Lo que has acumulados ¿para quién será? Pues lo mismo es el que atesora para sí y no es rico para Dios.” (Lc 12,16-22) 

   Esta parábola es uno de los pocos textos evangélicos en los que Jesús no habla contra la riqueza en tonos proféticos, sino en estilo sapiencial: el lector saca la consecuencia de que lo peor del hombre que acumulaba no es su comportamiento inmoral, sino su estupidez. Y para Jesús estas dos dimensiones parecen coincidir y lo que  desautoriza es un talante vital de vivir “atesorando para sí”, algo que puede hacerse con los bienes, con el poder, con los saberes...La parábola extiende la lección más allá de la acumulación de bienes económicos  y vivir atesorando para sí aparece como la conducta más necia que un ser humano pueda tener. 

El evangelio de Lucas emplea con mucha frecuencia términos relacionados con la riqueza: bodega, despensa, vender, valer, repartir la herencia, codicia, posesiones, frutos, graneros, bienes,  tesoro,  amontonar riquezas,  preocuparse,  administración,  deber, deudor, dinero… 

En su versión de las bienaventuranzas (6, 30-26), en lugar de decir como Mateo  "pobres de espíritu",  Lucas dice "pobres" a secas aludiendo a un tipo de pobreza  que no consiste en "poseer sin avidez",  sino en entregar en lugar de acumular. La riqueza es puerta de entrada en esa dinámica de apropiación del tener-placer-poder en la que el NT ve la raíz de todo pecado (Cf.1 Tim 6,10).2 "En toda vida humana se presenta un momento en que al hombre se le abren los ojos y se dice a sí  mismo con enorme vértigo: «en realidad no he hecho más que vivir para mí mismo». Con las riquezas, con los saberes, con los propios recursos o con lo que sea, se da cuenta de que ha vivido “atesorando para sí” y, de pronto, esa forma de vivir se le revela como estúpida e infecunda. Es un momento que puede ser muy duro y a la vez muy fecundo si se logra salir del bache por la seguridad en la acogida de Dios y en que la mano de Dios habrá sabido sacar, de su pasta egótica, alguna pequeña melodía de desinterés y fraternidad.  La redención que el Evangelio propone para esta situación es la de ser rico para los demás: que lo propio sea servicio y no propiedad, que no sea tesoro sino don. Y como el hombre teme tan visceralmente esta conducta, Jesús se la reformula otra vez en tono sapiencial, desde su significado más profundo: en eso consiste ser rico para Dios.”3

A las dos conductas opuestas que hemos contemplado el Deuteronomio las llamaría “caminos” y plantea de manera grave la necesidad de elegir:  “El Señor dijo a Moisés: Mira: hoy te pongo delante la vida y la muerte, el bien y el mal (...) te pongo delante bendición y maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia amando al Señor, tu Dios, pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob” (Dt 30, 15.19-20)

   Podríamos afirmar que  los líderes indios, al trascender su  instinto de posesión, estaban eligiendo el camino que conduce a un vivir más humano, mientras que  el personaje de la parábola representa la elección de una existencia dominada por la avidez, la obsesión de acumular, la necia incapacidad para hacerse la pregunta crucial sobre el destino de los bienes y el sentido de la propia vida. 

   Desde tiempos remotos, los “caminos de vida o de muerte”, es decir, la elección de un modo concreto de relacionarse con los bienes ha  sido considerada como una de las principales encrucijadas de la vida  y el lugar donde se genera lo mejor y lo peor del ser humano. El tema aparece con diferentes acentos a lo largo de toda la Escritura: 

-  La propiedad está siempre marcada por sus consecuencias sociales. La tierra pertenece a Yahvé que la ha creado (Lv 25,23; Jos 22; Jer 16,18...) y sus propietarios son sólo administradores que deben respetar siempre la voluntad del auténtico dueño: Dios. Y Él quiere que quienes se hayan visto obligados a vender sus tierras las recuperen al llegar el año jubilar: “La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía” (Lv 25,23). La función social de la propiedad se manifestaba igualmente al prohibir a los propietarios de la tierra recoger la cosecha entera, con el fin de que también los pobres pudieran beneficiarse de los que producían los campos del Padre común (Dt 24,19-22; Lv 19, 9-10; 23,22). Cada siete años las tierras debían quedarse en barbecho y todos podían recoger lo que creciera espontáneamente en ellas (Ex 23,10-12). Además, durante los años sabáticos prescribían las deudas israelitas (Dt 15,1-3.9).

Hay que estar alertas ante la tentación de idolatría que  ejerce el dinero. El episodio del becerro de oro (Ex 32) invita a descubrir la dinámica perversa de la codicia que desemboca en idolatría: "Al ver el pueblo que Moisés tardaba en bajar del monte, se reunió en torno a Aarón y le dijo: «Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues no sabemos qué ha sido de ese Moisés, que nos sacó del país de Egipto».  Aarón les respondió: «Quitad de las orejas los pendientes de oro a vuestras mujeres, hijos e hijas, y traédmelos». Todo el pueblo se quitó los pendientes de oro de las orejas, y los entregó a Aarón.  Él los tomó de sus manos, los fundió en un molde e hizo un becerro de fundición. Entonces ellos exclamaron: «Éste es tu Dios, Israel, el que te ha sacado del país de Egipto»  (Ex 32,1-5).

- Los bienes compartidos poseen un misterioso poder multiplicador 

Esa es la convicción que comunica el episodio de la viuda de Sarepta, cuando Elías le pide que comparta con él lo poco que tiene: "Así dice Yahvé, Dios de Israel: “El cántaro de harina no quedará vacío, la aceitera de aceite no se agotará, hasta el día en que Yahvé conceda  lluvia sobre la superficie de la tierra”. Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron él y ella y su familia. Por mucho tiempo el cántaro de harina no quedó vacío y la aceitera de aceite no se agotó, según la palabra que Yahvé había dicho por boca de Elías" (1Re 17, 14-16).

Esta insistencia aparece de una manera original en el relato  del don del maná  (Exodo 16)  en el que podemos descubrir un proceso de germinación que conduce hasta la escena del signo de los panes y peces en los cuatro evangelios ( Mt 14,13-21; Mc 6,30-44; Lc 9,10-17; Jn 6,1-15). 

"La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: -¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad. El Señor dijo a Moisés: -"Yo os haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi ley o no (...) Moisés y Aarón  dijeron a los israelitas: - Esta tarde conoceréis que es el Señor quien os ha sacado de Egipto, y mañana veréis la gloria del Señor (...) Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas preguntaron:  -¿Qué es esto? Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: Es el pan que el Señor os da para comer. Estas son las órdenes del Señor: que cada uno recoja lo que pueda comer, dos litros por cabeza para todas las personas que vivan en cada tienda. Así lo hicieron los israelitas: unos recogieron más, otros menos. Y al medirlo en el celemín, no sobraba al que había recogido más, ni faltaba al que había recogido menos: había recogido cada uno lo que podía comer. Moisés les dijo: Que nadie guarde para mañana. Pero no le hicieron caso, sino que algunos guardaron para el día siguiente, y salieron gusanos que lo pudrieron. Y Moisés se enfadó con ellos. Lo recogían cada mañana, cada uno lo que iba  a comer, porque el calor del sol lo derretía. El día sexto recogían el doble, cuatro litros cada uno. Los jefes de la comunidad informaron a Moisés y él les contestó: - Es lo que había dicho el Señor: mañana es sábado, descanso dedicado al Señor, coced lo que tengáis que cocer y guisad lo que tengáis que guisar, y lo que sobre, apartadlo y guardadlo para mañana. Ellos lo apartaron para el día siguiente, como había mandado Moisés, y no le salieron gusanos ni se pudrió. Los israelitas llamaron a aquella sustancia maná: era blanca, como semillas de cilantro y sabía a galletas de miel.

   Dijo Moisés: - Estas son las órdenes del Señor: Conservad dos litros de ello para que las generaciones futuras puedan ver el pan que os di a comer en el desierto cuando os saqué de Egipto". (Ex 16, 2-31)

La primera sorpresa que ofrece la narración es su categoría de “lugar de revelación”: "esta tarde conoceréis y mañana veréis...". La  convicción que subyace es que en ella podemos aprender de Dios y de nosotros mismos, más que en todo un curso de teología, de sociología  e incluso de economía.

Qué nos revela sobre nosotros mismos.

- Nuestra condición de hambrientos

La cruda realidad de un instinto de apropiación  presente en nosotros que hace desear el  “sentarse junto a la olla de carne” y “comer pan hasta hartarse”. La Escritura, a través de la metáfora del hambre,  expresa esta carencia e insuficiencia radicales que caracterizan al ser humano, y eso desde los relatos del Génesis en los que Dios  le provee de alimento: “Os entrego todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semilla para sembrar; y todos los árboles que producen fruto con semilla dentro os servirán de alimento” (Gen 1,29) “El Señor dio al hombre este mandato: Puedes comer de todos los árboles del  huerto...” (Gen 2,16). El hombre y  la mujer, carentes en sí mismos de suficiencia, están obligados a reconocer que necesitan recibir de fuera de ellos mismos lo que precisan para su supervivencia. La terminología antropológica del yahvista acude también a ese concepto de carencia y necesidad: "Entonces YHWH Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices un aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente  (nephes)” (Gen 2,7). El término nephes  que los LXX traducirán como psyché, designa, en primer lugar, la garganta como órgano para tomar alimento y saciarse (cf Is 5,14; Ha 2,5; Sal 107,25...) y como órgano de la respiración (cf Jon 2,6). En la anatomía semita más arcaica, en la nephes  se realizaba el comer, beber y respirar, era el órgano en el que se localizaban las necesidades elementales de la vida.  De ahí pasará a significar la sede del desear, anhelar, suspirar, ambicionar, codiciar4...(cf Sal 42,2; Gen 34,2). Para la antropología bíblica la comida es un elemento central y el gesto de comer trasciende la necesidad fisiológica y se convierte en una acción cargada de simbolismo. 

La tentación del miedo. 

El temor al desvalimiento provoca en nosotros una ansiedad compulsiva por protegernos, poseer, retener y acumular que está en la raíz de nuestro pecado. Es un miedo nos lleva a refugiarnos en lo ya conocido, en "las ollas de carne de Egipto" para no enfrentarnos con las inseguridades de la libertad. El miedo  deforma nuestra percepción y hace  generar en nosotros ideas erróneas sobre Dios que se convierte en alguien que, a través de los guías que conducen al pueblo,  “hace morir de hambre en el desierto”. El temor a carecer en el futuro, la falta de confianza en que Dios seguirá proporcionando alimento, desencadena la ansiedad de guardar para mañana, el impulso de acumular: “Moisés les dijo: - Que nadie guarde para mañana. Pero no le hicieron caso, sino que algunos guardaron para el día siguiente, y salieron gusanos que lo pudrieron”. Superar esa ansiedad  supone dar crédito a  la seguridad de que esa pobreza y desvalimiento contra los que nos rebelamos, atraen la mirada de Dios y su ternura, y por eso son, paradójicamente, nuestra mayor riqueza.  La fe consiste entonces en la aceptación confiada de nuestros propios límites y necesidades, sabiéndonos amados y colmados sin merecerlo.

La necedad del dinamismo de acumulación

O expresado de forma positiva, la sabiduría de contentarse con lo necesario, porque todo lo que se retiene se pudre. En el texto del maná, la porción  que se guardaba para el día siguiente criaba  gusanos; en la parábola del rico aparece de manera más dramática la inutilidad de las posesiones a la hora de enfrentarse con la muerte. Lo que allí hacía sonreír, ahora sobrecoge por su evidencia y su irreversibilidad.

La llamada al  gozo del Sábado

La víspera del sábado, sí podía guardarse doble ración para el día siguiente y esa no se pudría: estamos ante la llamada al cuidado de  esa dimensión “sabática” de la vida humana que no se sacia con el alimento corporal. El maná, convertido en  "memorial" de lo el Señor hizo por su pueblo en el pasado alimentándoles en tiempo de hambre, hace posible a los israelitas y a todos nosotros  entrar en el mundo de la gratuidad y de la fiesta. 

Qué nos revela sobre Dios

Es Aquel que da de comer a su pueblo

Y se compromete a llevar a término lo comenzado en los orígenes de su creación, ya que es tarea de un padre o de una madre alimentar a sus hijos para que alcancen la madurez. Lo que el  ‘adam aprende a través de ello es que no posee la vida en sí mismo: tiene que recibirla de fuera en forma de alimento, reconocerla como un don  de Dios y recordar su dependencia radical de Él. 

Por otra parte, como la hierba no se considera un ser viviente, y procede del Dios que hace germinar la tierra y da la fecundidad, la vida que proporciona no proviene de la muerte de ningún otro ser vivo. Aunque después del relato del diluvio se permita comer animales (Gen 9,3), el sentido está ya dado: el alimento, símbolo de todos los bienes de los que el ser humano puede disponer, no podrá nunca ser poseído ni disfrutado si tiene como precio la muerte de otros. Aparece sugerida la fractura que se producirá después y que denunciarán con virulencia los profetas: el don de Dios, destinado a ser compartido y a provocar relaciones de fraternidad y de agradecimiento, se pervierte cuando se convierte en objeto de codicia, acumulación, opresión y violencia.

Está siempre  a favor de la  vida.

La experiencia de haber recibido el maná  y de seguir siendo alimentados por Dios queda grabada para siempre en la memoria de Israel por generaciones:

“Alimentaste a tu pueblo con manjar de ángeles, proporcionándoles gratuitamente desde el cielo, pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos; y este sustento tuyo que demostraba a tus hijos tu dulzura (...) estaba al servicio de tu generosidad, que da alimento a todos, a voluntad de los necesitados”. (Sab 16, 20-24)

“Desde tus salones riegas las montañas, la tierra se sacia de tu acción fecunda. Haces brotar hierba para el ganado y forraje para las tareas del hombre; para que saque pan de los campos y vino que le alegra el ánimo, aceite que da brillo a su rostro y alimento que lo fortalece.(...) Todos ellos aguardan a que les eches comida a su tiempo; se la echas y la atrapan, abres tu mano y se sacian de bienes. ( Sal 104,14-15)

“Me saciaré como en espléndido banquete, mi boca te alabará con júbilo” (Sal 63,6)

El Deuteronomio insiste en las consecuencias de ese don y pone el énfasis en estos aspectos:

-  la memoria agradecida:

“Acuérdate del camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años (...) Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre; te ha alimentado con el maná, un alimento que no conocías, ni habían conocido tus padres, para que aprendieras que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor. Cuando el Señor tu Dios te introduzca en esa tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes, de aguas profundas que brotan del fondo de los valles y en los montes, tierra que produce trigo y cebada, viñas, higueras y granados, tierra de olivos, aceite y miel, tierra que te dará el pan en abundancia para que no carezcas de nada (...), entonces comerás y te saciarás y bendecirás al Señor tu Dios por la tierra buena que te ha dado." (Dt 8,2-10)

-  la obligación de compartir:

“Cada tres años apartarás el diezmo de los productos de ese año y lo depositarás a las puertas de tu ciudad. Allí vendrá el levita, que no recibió nada, el emigrante, el huérfano y la viuda de tu ciudad y comerán y se saciarán para que el Señor tu Dios  bendiga todo lo que haces.”(Dt 14,28-29)

La experiencia de compartir el mismo alimento, de partir juntos el mismo pan que comunica la vida, hace nacer el convencimiento de que ya no se forma más que una misma y única familia.

- la alegría y la fiesta

“El día en que paséis  el Jordán para entrar en la tierra que el Señor tu Dios va a darte (...) ofrecerás sacrificios de comunión y los comeréis allí haciendo fiesta ante el Señor tu Dios” (Dt 27,7)

Y las escatologías proféticas presentan así el tiempo mesiánico: 

“El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados. Y en este monte destruirá la mortaja que cubre todos los pueblos,

el sudario que tapa a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre, secará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la tierra el oprobio de su pueblo, lo ha dicho el Señor”. (Is 25,6-8)

Dios aparece así como gratuidad y desmesura, como sueño de inclusión y  comensalía fraterna, como aquel que ha dejado en la historia primicias de ese banquete al que convoca a todos sus hijos e hijas. Por eso, la relación con El no se consigue a través de la ascética del ayuno, sino compartiendo  ese proyecto de mesa abierta para todos:

“Todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la ley y Nehemías dijo: -Id a casa y comed manjares apetitosos, bebed licores dulces y mandad su porción a los que no han preparado nada, pues este día ha sido consagrado a nuestro Señor ¡No os aflijáis, que el Señor se alegra al veros fuertes!” (Ne 8, 9-10)

“Hacerse amigos con el dinero”: una perspectiva insólita 

No encontramos nunca en los Evangelios la llamada a desentendernos  de los bienes sino la de entablar  una relación correcta con ellos. Y lo mismo ocurre con cualquier recurso humano, desde la inteligencia, la cultura, el tiempo o las posibilidades de que disponemos, sean del tipo que sean. Constantemente aparece una llamada a actuar con inteligencia, a responsabilizarse de lo recibido, a emplearlo con cabeza y con corazón. Ninguna exhortación  al desinterés por lo material, a la evasión, a la fuga hacia otra esfera por decirlo así más "espiritual". La "casa" del mundo queda confiada a nuestro talento, habilidad, competencia, trabajo.

En las parábolas escatológicas el desenlace final ("la salvación"), está puesto en relación con lo material concreto: alimentos que se distribuyen o que se retienen abusivamente, llegando a maltratar a los que eran sus destinatarios (Mt 24,45-51), lámparas de aceite que se cuidan o se descuidan (Mt 25,1-12), talentos con los que se negocia o que se esconden en un agujero (Mt 25,14-30); pan, agua, techo, vestido que se comparten o no con los hermanos más pequeños (Mt 25,31-45)

En la escena del signo de los panes (Mc 5,30-44) Jesús sorprende a sus discípulos con la orden de que sean ellos quienes se ocupen de dar de comer a la muchedumbre; nada habían hecho por llegar a esa situación, fuera de advertirla, y tenían que responsabilizarse de encontrar una salida. Su pregunta deja ver la imposibilidad de la tarea encomendada la incapacidad para imaginarse el propósito de Jesús: mientras ellos piensan en lo mucho que les falta, el Maestro está ya contando con lo poco que tienen. Así pretende el narrador preparar al lector para que aprecie la magnitud del signo y, al mismo tiempo, insistir de nuevo en la incomprensión de los discípulos que seguían sin contar con Jesús, por más que lo hubieran ya experimentado. Para ellos, sólo contaban sus carencias, no el tener a Jesús a su lado.

Ellos hablan de despedir a la gente, como si fuera un problema ajeno a ellos; o pretenden solucionarlo todo en términos económicos, comprando pan. Pero Jesús no consiente el  despedir o el comprar, sino que propone el  compartir  como manera alternativa de  enfrentarse con las carencias. 

Pero es una sentencia suya en la parábola del administrador injusto la que revela su postura más original con respecto al dinero. A lo largo de los textos evangélicos le vemos exponiéndose a muchas preguntas insidiosas: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición?” (Mt 15,2); “¿Pagamos tributo al César o no?” (Lc 20,22); “¿Se puede repudiar a una mujer?” (Mc 10,6); “Moisés manda apedrear a las adúlteras ¿tú qué dices?” (Jn 8,59). En cambio, apenas aparecen cuestiones sobre asuntos económicos y cuando uno se arriesgó a pedirle que interviniera en un asunto de herencia, su reacción fue fulminante: “¿- Quién me ha nombrado árbitro entre vosotros?” (Lc 12,15), y quizá por eso nadie volvió a preguntarle sobre temas económicos. A pesar de ello,  él dio su opinión sobre el dinero y pronunció una sentencia definitiva: “Haceos amigos con el dinero injusto”.  Se trata de una declaración que desconecta de los argumentos basados en la justicia equitativa: el dinero es “es para el servicio del bien común”, “es una herramienta de funcionamiento”; “sirve para invertir e intercambiar” … Todo este lenguaje  se funde y se empequeñece  ante la finalidad inesperada del “hacerse amigos”. La frase irrumpe en los foros económicos  como un torrente avasallador: el lenguaje de inversiones, negocios, mercados, ganancias y transacciones aparecen palabras como amistad,  compartir, abrazos, afectos, fidelidad, franqueza, generosidad…  

“Haceos amigos con el dinero”: un  imperativo incómodo que da un vuelco a nuestros criterios y costumbres y que  no nos deja refugiarnos en la neutralidad.

Cuando el discurso habitual en nuestro mundo es que la persona crece por apropiación y acumulación, lo que el Evangelio afirma es exactamente lo contrario: la persona crece y se enriquece en la entrega y en la desapropiación que resultan ser generadoras de amistad . Y es así como cada uno de nosotros podemos reflejar algo de la manera de ser de Dios.

Dolores Aleixandre RSCJ


1El libro de los abrazos, Siglo XXI, Madrid 1999, 126

2Cf.J.I.González Faus,: “La filosofía de la vida de Jesús de Nazaret: Sal Terrae Abril 1988, 275-289

3Ibid. 285-286

4Un economista contemporáneo habla de “algo bello y diabólico que nos catapulta y a la vez nos esclaviza y que se denomina “eterna insatisfacción” (…), capaz de convertirse en patológica, de hacernos dependientes de un deseo que no tiene fin”. F. Trias de Bes, “Líderes de nuestros deseos” El País Semanal/31.12.2016

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