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Lo más y lo mejor -Reflexiones-

enero 25, 2019
Lo más y lo mejor                          -Reflexiones- imagen

Desde la Homilía del Papa Francisco, en la solemnidad de la Epifanía (6-1-19)
Traducción del italiano, reflexiones y disposición del texto, por el P. Pedro Jaramillo Rivas

Apenas leí la Homilía de Francisco en la Epifanía, pensé, en primer lugar en mí, pero pensé también en tantos y tantas creyentes que lo quieren ser, además, más y mejor. El Papa siempre nos sorprende por su sencilla profundidad. Lo va a ver de nuevo en esta homilía. Una fidelísima re-traducción y unas preguntas después de una disposición del texto más didáctica, hacen de esta homilía un buen instrumento para la reflexión personal y para los grupos de vida cristiana.
Con mucho afecto, desde la PUL, la ofrezco a la comunidad Landivariana.

Epifanía significa MANIFESTACIÓN del Señor

Epifanía: la palabra indica la manifestación del Señor quien, como dice san Pablo en la segunda lectura (cf. Ef 3,6), se revela a todas las gentes, representadas hoy por los Magos. Se desvela así la hermosísima realidad de un Dios que viene para todos: toda nación, lengua y pueblo es acogido y amado por él. Un símbolo de esta acogida es la luz, que llega a todas partes y lo ilumina todo.
Importancia del CÓMO se manifiesta el Señor (el riesgo de no encontrarlo por no atender a ese “cómo”)

Dios se manifiesta a todos, pero es sorprendente el cómo se manifiesta. El Evangelio narra un ir y venir entorno al palacio del rey Herodes, precisamente cuando a Jesús se le llama rey: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2), preguntan los Magos. Lo encontrarán, pero no donde pensaban: no en el palacio real de Jerusalén, sino en una humilde morada de Belén. Es la misma paradoja que en Navidad, cuando el evangelio nos hablaba del censo de toda la tierra en tiempos del emperador Augusto y del gobernador Quirino (cf. Lc 2,2). Pero ninguno de los poderosos de entonces cayó en la cuenta de que el Rey de la historia estaba naciendo en su tiempo.

Para la reflexión: En mi vida cristiana, ¿dónde encuentro las más claras manifestaciones de Jesús? ¿Lo estaré buscando donde Él no se encuentra? ¿Caigo en la cuenta de qué Él está en mi historia personal y en mi trabajo pastoral?, o ¿estará Él actuando sin que yo me entere y al margen de lo que yo hago, porque lo mío no tenga que ver demasiado con lo suyo= que no esté yo en su onda?

Manifestación; no exhibición

El peligro de dirigir el foco hacia los GRANDES Y PODEROSOS
Al oír esa lista de personajes ilustres, podríamos tener la tentación de “proyectar el foco sobre ellos”. Podríamos pensar: habría sido mejor, si la estrella de Jesús se hubiese aparecido en Roma sobre el monte Palatino, desde el que Augusto reinaba en el mundo; todo el imperio se habría hecho enseguida cristiano. O también, si hubiese iluminado el palacio de Herodes, este podría haber hecho el bien, en vez del mal. Pero, la luz de Dios no se difunde sobre quienes brillan con luz propia. Dios se propone, no se impone; ilumina, pero no deslumbra.

Para la reflexión: La tentación de querer brillar con “luz propia”: ¿qué tanto hay en mis comportamientos de creyente y las tareas que como creyente realizo de intentar simplemente lucirme? Cuando voy por el camino del lucimiento personal no comparto la luz de Dios, ¿me he planteado alguna vez este tema para ver qué tengo que corregir de raíz en mis comportamientos de creyente y, quizás, de encargado de algún grupo o comunidad cristiana?

El peligro de dirigir el foco hacia los GRANDES Y PODEROSOS

Al oír esa lista de personajes ilustres, podríamos tener la tentación de “proyectar el foco sobre ellos”. Podríamos pensar: habría sido mejor, si la estrella de Jesús se hubiese aparecido en Roma sobre el monte Palatino, desde el que Augusto reinaba en el mundo; todo el imperio se habría hecho enseguida cristiano. O también, si hubiese iluminado el palacio de Herodes, este podría haber hecho el bien, en vez del mal. Pero, la luz de Dios no se difunde sobre quienes brillan con luz propia. Dios se propone, no se impone; ilumina, pero no deslumbra.

Para la reflexión: La tentación de querer brillar con “luz propia”: ¿qué tanto hay en mis comportamientos de creyente y las tareas que como creyente realizo de intentar simplemente lucirme? Cuando voy por el camino del lucimiento personal no comparto la luz de Dios, ¿me he planteado alguna vez este tema para ver qué tengo que corregir de raíz en mis comportamientos de creyente y, quizás, de encargado de algún grupo o comunidad cristiana?

La tentación de confundir la luz de Dios con las LUCES DEL MUNDO

Es siempre grande la tentación de confundir la luz de Dios con las luces del mundo. ¡Cuántas veces hemos ido tras los seductores resplandores del poder y de la fama, convencidos de prestar un buen servicio al Evangelio! Pero así nos hemos equivocado en el enfoque, porque Dios no está ahí. Su luz tenue brilla en el amor humilde. Además ¡cuántas veces, incluso como Iglesia, hemos intentado brillar con luz propia! Pero nosotros no somos el sol de la humanidad. Somos la luna que, a pesar de sus sombras, refleja la luz verdadera, el Señor. La Iglesia es el mysterium lunae (misterio de la luna) , y el Señor es la luz de mundo (cf. Jn 9,5). ¡Él, no nosotros!

Para la reflexión: ¿Qué resplandores me seducen en mi itinerario de fe: los resplandores de lo grande y de los grandes o los resplandores de lo sencillo y de los humildes? ¿En quiénes pienso de preferencia cuando actúo como creyente: en los grandes e importantes o en los humildes a quienes nadie mira? ¿Intento brillar yo y deslumbrar a los otros o sencillamente me afano en reflejar la luz del Sol, que es Jesús? – porque “donde el Sol está, no tienen luz las estrellas -.

Dejar la vida sedentaria: lo nuestro es el CAMINO

La luz de Dios llega a quien la acoge. En la primera lectura, Isaías nos recuerda que la luz divina no impide que las tinieblas y la oscuridad cubran la tierra, pero su luz resplandece en quien está dispuesto a recibirla (cf. 60,2). Por eso, el profeta hace una llamada que nos cuestiona a cada uno: «Levántate y resplandece, porque llega tu luz» (60,1). Es necesario levantarse, es decir, alzarnos de nuestro propio sedentarismo y ponernos a caminar; de lo contrario, nos quedaremos plantados, como los escribas, consultados por Herodes. Ellos sabían bien dónde había nacido el Mesías, pero no se inmutaron. Y, además, necesitamos cada día revestirnos de Dios, que es la luz, hasta que Jesús se convierta en nuestro vestido cotidiano. Pero, para vestir el vestido de Dios, que es sencillo como la luz, es necesario despojarse antes de los vestidos pomposos. De lo contrario, actuaríamos como Herodes, que prefirió las luces terrenas del éxito y del poder a la luz divina.

Para la reflexión: Como creyente comprometido/a, ¿estoy apoltronado o en camino? ¿estoy en el “siempre se ha hecho así”, y de ahí no hay quien me mueva? ¿O estoy abierto a la novedad de Jesús que me desinstala de mis perezas sedentarias?

Seguir a Jesús por un CAMINO ALTERNATIVO al camino del mundo

En los Magos, sin embargo, se cumple la profecía: se levantan para ser revestidos de luz. Solo ellos ven la estrella en el cielo; no los escribas ni Herodes ni ningún otro en Jerusalén. Para encontrar a Jesús, hay que plantearse un itinerario distinto, hay que tomar un camino alternativo, el de Él, el camino del amor humilde. Y no salirse de ese camino. De hecho, el Evangelio de este día concluye diciendo que los magos, una vez que encontraron a Jesús, «retornaron a su tierra por otro camino» (Mt 2,12). Otro camino, distinto al de Herodes. Un camino alternativo al mundo, como el camino recorrido por todos los que, en Navidad, están con Jesús: María y José, los pastores. Ellos, como los Magos, dejaron sus casas y se convirtieron en peregrinos por los caminos de Dios. Porque solo quien deja los propios afectos mundanos para ponerse en camino, encuentra el misterio de Dios.

Para la reflexión: El camino de Jesús es “alternativo”. No puedo estar con “una candela a Dios y otra al diablo”…, ¿he descubierto ya en qué está “lo original” del camino de Jesús? Si lo he descubierto, ¿lo estoy siguiendo? O, ¿camino por el camino de toda la gente, sólo que un poco decorado con las devociones y las prácticas religiosas…y ahí se acabó todo?

No basta con saber dónde nace Jesús, es preciso hacer propio ese “dónde”

Vale también para nosotros. No basta saber “dónde” nació Jesús, como lo sabían los escribas, si ese dónde no lo hacemos nuestro. No basta saber, como lo sabía Herodes, que Jesús nació, si no llegamos a encontrarlo. Cuando su dónde se convierte en nuestro “dónde”; su cuándo, en nuestro “cuándo”; su persona, en nuestra vida…, entonces las profecías se cumplen en nosotros. Entonces Jesús nace dentro y se convierte en Dios vivo para mí.

Para la reflexión: Examino dónde estoy existencialmente, vivencialmente (mis criterios, valores, convicciones, actitudes ante la vida personal y social…): ¿estaría ahí Jesús? ¿coincide el “dónde” de Jesús con mi “dónde”: ¿nos encontramos en la misma onda?

Para hablar con Dios sólo vale el “lenguaje del amor”

Hoy, hermanos y hermanas, estamos invitados a imitar a los Magos. Ellos no discuten, caminan; no se quedan mirando, entran en la casa de Jesús; no se ponen en el centro, se postran ante él, que es el centro; no se empecinan en sus planes, se muestran disponibles a tomar otros caminos. En sus gestos hay un contacto estrecho con el Señor, una apertura radical a él, una complicidad total a él. Con él utilizan el lenguaje del amor, la misma lengua que Jesús ya habla, siendo aún un bebé. De hecho, los Magos van al Señor no para recibir, sino para dar. Nos preguntamos: ¿hemos llevado algún presente a Jesús para su fiesta en Navidad, o solo hemos intercambiado regalos entre nosotros?

Para la reflexión: Ocurre muchas veces que no nos entendemos con Dios, porque no hablamos el mismo lenguaje. Su lenguaje es el amor. No tiene otro… ¿Y cuál es mi lenguaje? ¿Me examino personalmente y los entornos de fe en que me muevo?: ¿orgullo, prepotencia, desprecio, envidia…? Tengo que aprender el lenguaje de Dios, que fue el que nos enseñó Jesús.

Si hemos ido al Señor con las manos vacías, hoy lo podemos remediar. El Evangelio nos informa, por así decirlo, de una pequeña lista de regalos: oro, incienso y mirra. El oro, considerado el elemento más precioso, nos recuerda que a Dios hay que darle siempre el primer lugar. Hay que adorarlo. Para hacerlo, es preciso que nosotros mismos renunciemos al primer puesto, teniéndonos, más bien, por necesitados, sin dárnoslas de autosuficientes. 

Después viene el incienso, que simboliza la relación con el Señor, la oración que, como perfume, sube hasta Dios (cf. Sal 141,2). Pero, así como el incienso necesita quemarse para perfumar, lo mismo para la oración hay que “quemar” también un poco de tiempo, gastarlo para el Señor. Y hacerlo de verdad, no solo con palabras. Y, a propósito de hechos, ahí está la mirra, el ungüento que se usará para envolver con amor el cuerpo de Jesús bajado de la cruz (cf. Jn 19,39). El Señor agradece que nos hagamos cargo de los cuerpos heridos por el sufrimiento, de la carne más débil de Jesús, del que se ha quedado rezagado, de quien solo puede recibir, sin dar nada material a cambio.

Para la reflexión: “adorar a Dios” supone que yo renuncie al “primer puesto” y a ser preponderante y autosuficiente: ¿”adoro a Dios” y sigo siendo tan arrogante como siempre? Significa que en realidad no adoro a Dios, sino que “me adoro” a mí mismo, incluso cuando adoro a Dios.

El simbolismo de los tres regalos. Oro: el primer lugar es de Dios, no es mío: ¿cómo lo hago verdad en mi vida?/ incienso: para orar hay que “quemar” también un poco de tiempo: ¿cómo va mi oración, ¿es la del papagayo o me pongo a la escucha de Dios? / mirra: hacerse cargo de la carne débil de Jesús en los que sufren y en los pobres: ¿Cómo va mi compromiso real con los más necesitados?

La hermosura de la gratuidad

Es preciosa a los ojos de Dios la misericordia hacia quien no puede devolver nada a cambio: la gratuidad. La gratuidad es preciosa a los ojos de Dios. En este tiempo de Navidad que llega a su fin, no perdamos la ocasión de hacer un hermoso regalo a nuestro Rey, que vino por nosotros, no sobre los fastuosos escenarios del mundo, sino en la luminosa pobreza de Belén. Si lo hacemos así, su luz brillará sobre nosotros.

Para la reflexión: Dar a quien no puede devolver, a veces, ni las gracias… ¿Cómo ando de gratuidad: doy para que me den; o doy sin esperar que me den a mí? ¿Estoy siempre a la espera de los halagos, los parabienes, los regalitos…?

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