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Preparando el domingo octavo del tiempo ordinario

febrero 27, 2019
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OCTAVO DOMINGO del TIEMPO ORDINARIO (CICLO C) 3 de marzo del 2019

“Por sus frutos los conoceréis”

Eco. 27,5-8/ 1Cor 15, 54-58 / Lc 6,39-45/

Mensaje del domingo (1ª Lectura-Evangelio): El deseo de una vida fecunda. El ejemplo del árbol y los frutos.

El buen cultivo del árbol y el fruto (1ª Lectura).

La sabiduría de la vida la adquirimos por la experiencia de observar, pero es a la vez un don y una gracia Dios. Las cosas que observamos nos enseñan mucho más, si las miramos con “los ojos de Dios”. De esa sabiduría que es inspiración, hábito y gracia, sacamos indicaciones para vivir nuestra vida ante Dios y ante los demás.

El que es sabio de todo saca lección: se fija en el que usa la criba que se queda con lo bueno y tira los desperdicios, y de ahí pasa a pensar en el examen de los defectos del hombre que, en la criba de su conciencia, descubre todo lo bueno, pero descubre también pecados y los trata como verdaderos desperdicios.

De la prueba del fuego que “sufre” la vasija en el horno del alfarero, pasa el sabio a pensar en la misma mente humana que acrisola y purifica una multitud de experiencias.

Del fruto como expresión de la buena tierra y del buen cultivo del árbol, pasa el sabio a pensar en la palabra/actividad del hombre que es expresión externa de lo que piensa y lleva por dentro.

Para terminar con una sabia advertencia: “no alabes a nadie antes de que razone, porque ésa es la prueba del hombre” (v. 7): “Dime cómo razonas y te diré si has pasado por la prueba de la criba”; “dime cómo sientes, y te diré si has pasado por el horno del alfarero”; “dime cómo hablas, y te diré qué clase de árbol eres”

¡Cómo nos ayuda el encontrarnos en la vida con gente que ha superado estas pruebas! La alabanza brota entonces espontánea.

La savia buena y el fruto bueno (Evangelio).

Jesús observaba también las cosas y de ahí sacaba enseñanzas: Jesús miró a muchos ciegos, a veces, para curarlos. Curó la ceguera, signo de la oscuridad interior de tantos.

Pero, en el texto del Evangelio de hoy se fija en el ciego no para curar; lo hace para enseñar. Jesús piensa en la oscuridad interior, y para que la gente lo entienda mejor parte de una observación muy sencilla: “un ciego no puede guiar a otro ciego, porque los dos caerán en el hoyo” (v. 39). Si alguien que ha perdido la luz de la conciencia guía a otro sin conciencia, los dos caerán en el hoyo del sinsentido.

Y, sin dejar los ojos, otra observación y otra enseñanza. Más de una vez, en los ojos de Jesús se metería alguna mota, o en los ojos de sus discípulos. Es pequeña, pero ¡cómo molesta! Y, exagerando, para que la lección entre bien, observa Jesús que hay gente que no son “motitas” lo que tiene en su ojo, sino que tienen motas grandes como vigas. Con dureza, a estos los llama “hipócritas”. La razón es clara: no ven su viga, pero al hermano le dicen: “déjame sacarte la mota de tu ojo” (v. 42). Hay que sacar primero la viga del propio ojo, para ver después la mota en el ojo del hermano.

Si algo puso nervioso a Jesús fue la hipocresía, los que se quedan sólo en las apariencias. No tolera a quienes quieren dar lecciones sin antes haber cambiado ellos mismos su propio corazón.

Y, finalmente recurre a la imagen del árbol y los frutos. Y con el tema de “los frutos”, en conexión con la 1ª Lectura, ofrece el texto evangélico la clave de la Palabra en las lecturas de hoy. Los frutos salen del interior de los árboles; es la savia interior la que los empuja. No son como los frutos postizos que le colgamos al arbolito de navidad. ¡No! Son la expresión acabada de la riqueza o la pobreza que el árbol lleva por dentro. Y, por eso, son señal de la bondad o la maldad que anida en el corazón: “la boca habla de lo que rebosa el corazón” (v. 45). Los frutos buenos de nuestra vida expresan la buena savia de Dios que se aloja en el corazón

La plena maduración del fruto (2ª Lectura).

Seguimos con la imagen del fruto. La vida se nos acaba. Y nos preguntamos: ¿Es que el fruto se va a secar para siempre? ¿No queda más que arrancar el árbol, para que su lugar lo ocupe otro? Si así fuera, significaría que por muy buenos que hayan sido, los frutos han terminado con la muerte. Pero, el gran anuncio cristiano tiene que ver no con la terminación, sino con la plena maduración: “esto corruptible se viste de incorrupción y esto mortal se viste de inmortalidad” (v. 54). Unos versículos antes, también Pablo había empleado la siembra y los frutos: “se siembra algo corruptible, resucita incorruptible” (v. 42). Esta maduración total del fruto empuja ya desde ahora todo el proceso de su crecimiento. Es toda nuestra vida la que, ya desde ahora, está llamada a la plenitud futura.

La certeza del futuro da al momento presente la firmeza y la consistencia que, de otra manera, estarían siempre amenazadas. Y a la actividad del hombre, le aporta su mejor plusvalía: “trabajen siempre por el Señor, sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa la fatiga de ustedes” (v, 58). ¡Qué inmensa alegría: “nuestra tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios”! Nuestra vida ha sido bendecida con la savia de la resurrección. No podríamos haber soñado un fruto mejor ni más maduro.

Ecos de la palabra para la semana

LUNES. En nuestras comunidades y aldeas hay mucha sabiduría. Muchos, sobre todo los ancianos y ancianas, han observado muy bien la naturaleza, han mirado a las personas y han sacado muchas conclusiones que sirven para la vida. Es lo que hacían los sabios de Israel, y lo mismo entre nosotros es “la sabiduría popular”: ¿estamos atentos a esas enseñanzas?, ¿podríamos ahora recordar algunas de las más importantes?, ¿hay algunas que se parecen mucho a la enseñanza de la Palabra de hoy: a los frutos de los árboles?

MARTES. Muchas veces nos dejamos llevar por las apariencias, pero lo que vale está en el corazón. Jesús regañó con frecuencia a los fariseos porque cuidaban sólo de las apariencias. En nuestra vida de discípulos misioneros, ¿cómo andamos de hipocresía?, ¿cuidamos mucho nuestra apariencia de buena gente, sin ahondar en el cambio del corazón? Le vamos a pedir mucho a Jesús: “Danos, Señor, un corazón nuevo; derrama en nosotros un Espíritu nuevo”.

Por: P. Pedro Jaramillo Rivas.- Pastoral Universitaria Landivariana -PUL

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