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Universidad e Identidad Ignaciana: Elementos y Consecuencias

noviembre 14, 2022
Universidad e Identidad Ignaciana: Elementos y Consecuencias imagen

(Fragmento de ponencia) 

Sr. Alberto Vásquez Tapia
Vicerrector Académico
Universidad Alberto Hurtado de Chile
AUSJAL. Año S/A

INTRODUCCIÓN 

La universidad debe atender, mediante un conjunto de actividades intelectuales y educativas tres objetivos centrales de su labor: a) científicos, producción de nuevos conocimientos; b) profesionales, certificación del dominio adecuado de las competencias necesarias para el ejercicio de profesiones y oficios; y c) sociales, examinación crítica, reflexiva y propositiva de la sociedad, para hacer público su pensamiento y su contribución. El primero de esos objetivos parece más directamente relacionado con la investigación, el segundo con la docencia y el tercero con la extensión, aunque es evidente la mutua relación entre los tres y ciertamente estas tres funciones deben formar parte del trabajo de todo académico universitario.

Para el ejercicio de estas tareas universitarias, la comunidad académica necesita acordar y formalizar los marcos generales (institucionales) y específicos (disciplinares), que permiten dotar de consistencia metodológica y de pertinencia ética las operaciones que realiza para intervenir y usar los conocimientos. Los lineamientos ignacianos del modelo universitario, así como el planteamiento práctico de su pedagogía, buscan precisamente explicitar los principios y criterios estructuradores que le corresponden a una universidad confiada a la Compañía de Jesús. Ciertamente, se pretende que esos principios afecten y modifiquen las prácticas de los sujetos, de modo que pueda verificarse en las acciones la identidad específica y distintiva de estas universidades. Los documentos existen, lo que no se sabe aún es cómo ponerlos en práctica, cómo generar un proceso que se inserte y afecte la cultura académica de cada universidad. Pero, hay preguntas anteriores que deben ser levantadas, para tener elementos que posibilitarían pensar en el proceso de su puesta en práctica.  

En primer lugar, ¿Se tiene información empíricamente validada acerca del grado de acuerdo o desacuerdo de los profesores con esos lineamientos oficiales? ¿Se han realizado investigaciones que permitan conocer los modos de pensar, creer y valorar de los académicos que trabajan en estas universidades? ¿Se cuenta con estudios dirigido a conocer las valoraciones y motivaciones que explican las prácticas de docencia, investigación y extensión que utilizan los académicos?. Si es así, ¿Existe información empírica de cuáles son las diferencias y consistencias entre sus formas de pensar, valorar y de actuar, en relación con las propuestas oficiales de estas universidades?, ¿Existe claridad de qué tan diversas son estas modalidades, qué grupos se relacionan con cada una de ellas y cuáles son los elementos más constitutivos de cada grupo? 

Sin respuestas a esas preguntas, no se sabrá cómo avanzar en este proceso que debe convocar a los equipos académicos, en la puesta en práctica de los elementos del modelo universitario que se desea concretar. Obviamente, en este artículo no responde a esas preguntas. Lo que pretende es presentar, en una primera parte, reflexiones generales sobre las universidades, sus relaciones con la sociedad y sobre el modelo universitario ignaciano. En una segunda parte, se dedica a reflexionar sobre las consecuencias de ese modelo para la docencia, la investigación y la extensión universitaria.

   

UNIVERSIDAD Y SOCIEDAD

Los cambios ocurridos en los escenarios científico, tecnológico, económico, político y cultural han producido transformaciones sociales de tal naturaleza, que están afectando los modos de entender, de valorar y de producir en el ámbito académico. Existen opiniones divididas sobre los signos positivos y negativos de esos cambios y diversas posturas en relación con el origen e intencionalidad de los mismos. Lo que no resulta polémico es la tesis de que las universidades han sido impactadas por estos cambios y que precisan de redefiniciones. También hay acuerdo en reconocer que ellas han contribuido al actual estado de las cosas, puesto que parte de esos cambios son resultado, aunque no exclusivamente, de investigaciones realizadas en sus campus y laboratorios, implementados por profesionales formados en sus aulas. Intentar disminuir su responsabilidad alegando que no tienen poder sobre el uso que se hace de los productos científicos y técnicos que genera, o sobre el ejercicio profesional de sus egresados, equivaldría a renunciar al papel social y ético que tradicionalmente le ha correspondido.  

En su relación con la sociedad, la pregunta consiste en interrogarse por el grado de influencia que la universidad tiene en la sociedad contemporánea. Resulta evidente que se ha instalado una sociedad globalizada, claramente dominada por las élites económicas, que ha relegado a planos secundarios el poder de influencia que otrora tenían las religiones y las ideologías políticas. Pero también es cierto que esas élites económicas dependen, cada vez más, de las posibilidades generadas por el conocimiento para la innovación, desarrollo y comercialización de sus productos y servicios. A partir de esta constatación, algunos pensadores consideran que las universidades tienen en los tiempos actuales nuevas posibilidades de influir en la conformación de las sociedades. 

El contexto actual, por lo tanto, reclama de lecturas atentas y reflexivas, puesto que su trama entraña desafíos nuevos y complejos que precisan ser develados y asumidos lúcidamente por los educadores. Las universidades, espacios dedicados al cultivo de la inteligencia y el conocimiento, están exigidas a: pensar este contexto; reflexionar sobre sus efectos en la persona y en la sociedad; deducir y hacer público sus críticas; generar propuestas sólidas y capaces de devolverle el sentido ético y humanista al conocimiento, al hacer científico y a la formación superior

Especialmente en estos días, las universidades están también exigidas realizar una seria autocrítica a sus modos y a sus lógicas de producción intelectual. Existe la sospecha que son parte del problema y no de la solución. Particularmente, porque las necesidades y demandas de los grupos que no cuentan con recursos para financiar sus estudios, están quedando fuera de sus campus, marcando una especie de divorcio entre la universidad y la sociedad que no tiene poder de compra. Los modelos que se utilizan en la formación de profesionales no toman en cuenta la realidad de los países constituidos básicamente por micros y pequeñas empresas. La mayoría de los profesores no investigan, incluso ni siquiera en las materias que enseñan.  Se ha instalado un modelo de universidad casi exclusivamente docente, que no impulsa la investigación y las publicaciones entre sus académicos. En la docencia prevalece una modelo de simple transferencia de conocimientos, en el que se pasa directamente de los datos informados por las ciencias, a la aplicación casi mecánica de los mismos. 

Algunas universidades parecen ser una especie de “fábrica de titulados”, básicamente arquitectadas en función de una docencia que capacita para ejercer las habilidades técnicas. Los valores, que forman el talante que le da sentido ético al uso de los talentos no son parte de la currícula. La formación humanista dirigida a construir el carácter del sujeto está desapareciendo. No están formando un hombre con capacidad de reflexionar y de aprender, de generar nuevos conocimientos, de criticar, de tomar decisiones, de optar por valores y de actuar en coherencia con ellos. 

Ese modelo universitario está en crisis. Las universidades, en fidelidad a su misión, necesitan idear y aplicar reformas en su arquitectura organizacional, en sus labores académicas sustantivas, en sus lógicas para planear, gestar y producir universitariamente.[1] Esas reformas y planeaciones no deben ser entendidas solamente como un ejercicio estratégico para adaptar la universidad a los cambios experimentados en el mercado en que opera. Se trata de enfrentar desafíos más complejos, para alinear su programas, productos y servicios universitarios a las necesidades del hombre y de la sociedad en que se encuentra. 

 

LAS CRISIS Y LAS UNIVERSIDADES 

Una universidad es y será siempre un proyecto en permanente construcción y reconstrucción, debido a lo cual experimenta siempre las crisis propias de todo proceso de desarrollo. Asimismo, constituye una de las pocas organizaciones que ha sobrevivido por más de mil años. Desde sus inicios se la reconoce como un espacio educativo dedicado a la generación, enseñanza y aplicación del conocimiento considerado válido por una sociedad determinada. Estos propósitos se fueron concretando mediante el ejercicio de la investigación, la docencia y la difusión del saber.  Con el paso de los años, se fue acentuando la práctica intelectual dedicada a pensar y a escribir sobre el hombre y la sociedad. Mediante ese pensamiento intelectual y ético, los universitarios se han caracterizado por su voluntad de reflejar críticas a las sociedades vigentes en sus respectivas épocas y por su tarea de generar propuestas alternativas al orden establecido. Este

ejercicio ha provocado fuertes tensiones y crisis, especialmente cuando se ha pretendido instrumentar su producción intelectual para legitimar intereses de tipo nacionalistas, ideológicos, económicos, incluso, religiosos.

De esta manera, el ejercicio honesto y agudo de la crítica como herramienta de producción intelectual las convierte, hacia afuera en instituciones generadoras de crisis, y hacia adentro en ambientes organizacionales donde la disonancia inteligente y argumentada es reconocida como un valor culturalmente asumido y aceptado. Las crisis, por lo tanto, son parte de su ser y de su hacer. 

En América Latina se pueden reconocer tres tipos de crisis. La primera es la crisis de la calidad, producida por un aumento acelerado en el número de estudiantes y la falta de recursos para atenderla. Actualmente existe cerca de ciento cincuenta millones de estudiantes universitarios en el mundo. En Chile en sólo dos décadas se ha pasado de ciento ochenta mil a casi quinientos mil alumnos. Este crecimiento caracteriza el tránsito de un fenómeno de elite a un fenómeno de masa. En los países latinoamericanos este mayor aumento en la cobertura no ha estado acompañado de un aumento en los porcentajes del PIB destinado a la educación superior. La falta de voluntad política para allegar recursos financieros y técnicos a la educación superior, junto con un deterioro en los niveles económicos de las familias de clase media y baja, termina por perjudicar el nivel de calidad. 

Por otro lado, no se conoce de políticas públicas y sistemas de financiamiento eficientes, que permitirán atender la mayor necesidad de contar con recursos y subsidios, reclamados por esta creciente masa de estudiantes que ingresando a las universidades de la región. No se cuenta con una definición y certificación de las competencias iniciales que debería poseer un profesional para ensenar en ambientes universitarios, ni se han generado programas destinados a formar docentes con metodologías adecuadas. En estos países es baja la producción de materiales didácticos y de modelos instruccionales eficientes. En el ámbito de la administración de esos centros, no existen programas para formar personal directivo con las competencias necesarias para la gestión universitaria.  

La segunda es una crisis de equidad. Provocada por el fuerte desnivel en la calidad y eficiencia que existe en la educación privada – a la que acceden los jóvenes de las clases media y alta – en comparación con la ofrecida por la educación pública. Las fuertes restricciones en la inversión estatal y la falta de fondos de financiamiento para becas, hacen muy difícil asegurar una buena educación para todos. De esta manera se correlacionan calidad y capacidad económica para pagarla. Este hecho está consolidando la actual estratificación de clases sociales. Los jóvenes con mayor poder adquisitivo acceden a colegios y universidades de prestigio y buen nivel académico, por lo tanto, tienen mayores posibilidades de conseguir mejores empleos y altos salarios en su futuro profesional. Los jóvenes de las clases bajas tienen sus posibilidades de ingreso a la educación y de empleo futuros restringidas y desmejoradas.      La tercera crisis es una crisis de pertinencia social, provocada por la distancia que se experimenta entre lo que se enseña en los programas formales (licenciatura, magíster y doctorado)

y las necesidades que experimentan las personas, las ciudades, las empresas y otras organizaciones que conforman el contexto del centro universitario. Muchas universidades no toman en cuenta el contexto social en el que están insertas. Sus programas son prácticamente repeticiones de lo que se enseña en universidades del primer mundo. El contacto con la realidad, para examinar la aplicabilidad y pertinencia de lo enseñado está desapareciendo. Por otro lado, con mayor frecuencia la producción académica se comienza a regir por la lógica del mercado: se produce y ofrece aquello para lo cual hay demanda con recursos financieros para pagarlo. Los problemas de las personas y de las instituciones que no tienen recursos financieros, están quedando postergados y relegados de los ámbitos académicos universitarios.  

Estas crisis están acentuando una especie de divorcio entre la universidad y la realidad de las personas comunes. Los grupos que conforman la sociedad civil, la pequeña y micro empresa, el arte, los “perdedores del sistema actual”, los privados del ejercicio de sus derechos, los desempleados, los marginados del mercado de bienes y servicios, han dejado de ser parte de los campos de estudios de la producción universitaria. La falta de recursos para financiar investigaciones y estudios sobre sus problemáticas, coloca en jaque los equilibrios presupuestarios de los centros universitarios. Para corregir esa situación debe hacerse un cambio de dirección en la gestión institucional, entenderla como puente entre la universidad y la sociedad a la que se está llamado a servir. Lo anterior implica recuperar la lógica de planear y generar programas y servicios, a partir de demandas y necesidades sociales. Al no hacerlo se impide aportar en la construcción de una sociedad más equitativa y digna para todos. Es tiempo de que las universidades vuelvan a ser parte de la solución y no parte del problema de nuestras sociedades. 

Para leer la segunda parte de la nota puede dar clic en el siguiente enlace:


[1] Información pertinente acerca de estos procesos se encuentra en el libro “La reforma organizativa del Iteso a partir de 1995”, editado por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, México, Guadalajara

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