La osadía de dejarse llevar – Carlos Rafael Cabarrús, S. J.

Discernir no es fácil. Todos, de alguna manera, hemos experimentado dos polos muy típicos a este respecto: los que complican en grado sumo lo que quiere decir discernimiento —convirtiéndolo así en algo solo para iniciados—, o los que denominan fácilmente discernimiento a cualquier reflexión o discusión… Ambas posturas han hecho mucho daño. Discernir es difícil. La dificultad no estriba solamente en encontrar la metodología adecuada, sino también en los requisitos que implica. Una condición capital es el contacto con la pobreza y con la lucha contra ella. La vinculación con la lucha de los pobres se convierte en «condición de posibilidad», así como también en «criterio de verificación» del discernimiento cristiano. El discernimiento nace de una toma de posición con Jesús pobre y humillado actualmente (requisito) y lleva a defender su causa (verificación). Solo en esas condiciones y con esos frutos es verdadero discernimiento.[1]

Discernir supone adentrarse en el misterio de la voluntad de Dios. Nada más ajeno al discernimiento que la seguridad en el juicio propio… Por principio, discernimos para buscar la voluntad de un Dios que es misterio; cuyos caminos no son los nuestros… y esto se tiene que dejar sentir obviamente. Discernir no es ver claridad sino ser dóciles para dejarse llevar por los impulsos de Dios, por donde muchas veces no entendemos…

Discernir supone además, unas actitudes de calidad humana, supone subiecto.[2] Quien no tiene en el corazón comprensión y misericordia, quien no puede perdonar, quien no tiene capacidad para querer y ser querido, difícilmente se podrá poner en clima de discernimiento, ya que esto es también fruto de la madurez humana. Pero, al mismo tiempo, se necesitan actitudes profundamente cristianas. En el discernimiento al estilo ignaciano, no se va a elegir entre lo bueno y lo malo, sino que se quiere uno decidir por «lo mejor» (el magis concreto): los criterios son los de las «Banderas»[3], la petición es estar en «tercera manera de humildad».

Este capítulo consta de tres secciones básicas: la metodología del discernimiento, el examen cotidiano y un post scriptum

En la primera parte se presenta lo que corresponde a la metodología del discernimiento, más que a la teoría del mismo. Se comienza explicando cómo discernir es realmente una «osadía», pero una osadía que tiene una traducción histórica de praxis de más de cuatrocientos años, desde Ignacio de Loyola, y que data del mismo Evangelio. Se habla en esta parte del origen y desarrollo del discernimiento; luego se pasa a algo clave: el estudio de dos «épocas» espirituales (Ignacio las denomina«semanas»), según las cuales varía todo el proceso de la discreción de espíritus. Se destaca lo importante que es señalar la época en que se está y el derrotero que sigue. Enseguida se ofrece un estudio comparativo de la acción del Mal Espíritu (ME) que arroja luz para saber descubrirlo y para poder vencerlo. Se trata después otro elemento clave para discernir: la comprensión de lo que es «desolación»la lucha contra ella y el aprovechamiento de los momentos de consolación. Esta última, por su efecto, es pragmática: se trata de un regalo para la colaboración con el trabajo por el Reinado de Dios.[4] Concluyendo esta parte, se dice algo sobre el papel de la «confirmación» del discernimiento y de la necesidad de que este se ratifique en la biografía y en la historia. 

En la segunda parte, se ofrece un camino para hacer el examen cotidiano desde un punto de vista pedagógico. De ahí que se presente un modo concreto de cómo hacerlo y se saquen las luces que este ofrece para comprender el discernimiento como fruto de la confrontación entre «los espíritus» y los diversos tiempos que se van viviendo, y crecer así en la fidelidad al Dios siempre mayor. Se comienza con las dificultades prácticas del examen, haciendo énfasis en qué no es el examen de conciencia, para luego poner los objetivos de qué cosa sí debería ser. Se termina, como ya señalábamos, explicando lo que la práctica del examen nos revela del discernimiento mismo, no sin antes hablar de un requisito básico: el descubrimiento de lo que denominaremos la consigna. 

Finalmente en la tercera parte encontramos el post scriptum, en él hacemos ver que la osadía, con todo lo arriesgada que puede aparecer, solo se logra a partir de nuestra flaqueza y desde el impulso de Dios.


[1] Publicado por primera vez en la revista Diakonía, número especial, septiembre de 1987.

[2] Cfr. C. G. XXXIII, No. 41, en Congregación General XXXlll de la Compañía de Jesús. Edición Mensajero, Bilbao, 1894, pp. 72-73. 

[3] Término usado por Ignacio de Loyola para dar a entender a una personalidad física y psíquicamente sana.

[4] Se alude a la meditación de Dos Banderas (la de Jesucristo y la del Enemigo), que, como meditación sobre dos estrategias contradictorias para la evangelización, Ignacio ubica en el corazón de su libro sobre los Ejercicios Espirituales. Una buena versión ignaciana de las alternativas que los sinópticos señalan como centrales para Jesús en sus tentaciones.


¿Interesado en estudiar en la URL?

Visita nuestra página de Admisiones

Ubicaciones